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jueves, 27 de diciembre de 2018

Kevin McCallister es un monstruo

Este artículo apareció originalmente en VICE Estados Unidos.

A lo largo de mi infancia pasé muchas navidades en la casa de mi abuela. Ella no tenía muchas cosas para entretener a los niños, pero sí tenía en su poder dos santos griales decembrinos: viejas copias en VHS de Home Alone y Home Alone 2: Lost in New York [o como se conocía en Latinoamérica, Mi pobre angelito]. Mis primos y yo solíamos verlas hasta poder recitar de memoria cada diálogo, y una vez que lográramos eso, simplemente veíamos una y otra vez las mejores escenas de cada película: las trampas. Kevin McCallister era nuestro héroe de 10 años, erigiendo un camino de destrucción creativa que yo creía era el sueño de todo niño. Fue mucho después en la vida que me di cuenta de la verdad: Kevin es un puto monstruo.

Para los que no han visto las películas (¿qué les pasa?), las originales tenían como protagonista a un niño cuya familia grande y adinerada solía olvidarlo (yo siempre pierdo el control de mi Apple TV, seguro es algo como eso). En el primer film, lo dejan en su casa mientras se van de viaje durante las festividades, y en la segunda, de alguna extraña manera termina en el Nueva York de los 90, solo y aparentemente despreocupado de lo que pudiese pasarle. En ambas oportunidades, Kevin está en la mira de dos ladrones, Harry y Marv, quienes lo buscan, lo persiguen, y cosas por el estilo. De muchas maneras, la premisa satisface una de las mayores fantasías de infancia: quedarse en casa y poder hacer lo que uno quiera. El ideal de "comer lo que quiera, correr por todas partes, poner música muy duro" que se ven en películas como Risky Business. Pero también revela una fantasía más profunda: la habilidad de preparar trampas muy violentas sin ninguna consecuencia para uno o para los demás. En mi mente, todos los jóvenes aman una buena trampa.

A lo largo de las películas, Kevin patrulla la mansión suburbana de sus padres, el Hotel Plaza, y hasta el inmenso Upper West Side, confeccionando artefactos retorcidos que varían en la cantidad de daño que hacen. Aunque cada "broma" es percibida de la misma forma por los dos ladrones, uno tiene que imaginar que un poco de pegante y plumas en la cara suena mucho menos doloroso que, digamos, múltiples latas de pintura cayéndole a uno en la cabeza o un lanzallamas industrial disparado directamente contra la oreja de uno; estas dos últimas son al menos dignas de un viaje al hospital y un TAC. Todo esto y más les ocurre a los desgraciados Bandidos Mojados en un lapso de tiempo muy corto, y sin embargo permanecen generalmente inafectados en su búsqueda por atrapar a su torturador.

Pero el tema es este: Kevin no tenía que hacer nada de eso.

¿Preparar un montón de trampas al estilo Rube Goldberg era más fácil que, digamos, pedirle a un vecino que llamara a la policía? ¿O llamarlos él mismo? ¿Que tal simplemente preguntarle al vecino si se puede quedar con él; sin involucrar a la policía (después de todo, todos los policías son cerdos). Claro que no, porque entonces Kevin tendría que admitir que estaba livin la vida loca a sus anchas, y eso le pondría un fin a sus vacaciones espontáneas. Kevin, en el fondo, es un mocoso rico, suburbano y mimado que está dispuesto a sacrificar el hogar de su familia, y hasta cometer un asesinato, con tal de evitar terminar sus vacaciones. En Nueva York, él se consigue la estadía más costosa posible, sin pensar lo que podría costarle a sus padres. Él ve cómo los bandidos entran y roban las casas de sus vecinos y no les dice nada a los dueños o a las autoridades, pues Dios no quiera que descubran su cómoda situación. Pide limusinas, room services extravagantes, y en un momento (aparentemente solo por el simple deseo de generar sufrimiento) engaña a un domiciliario de pizzas haciéndolo creer que va a morir, solo para divertirse.

Muchas de las trampas que Kevin hace para los "villanos" de la historia son inofensivas y son del tipo que uno esperaría de un niño de su edad —hot wheels en el piso, un cable para hacer tropezar, etc.—, pero otras son mucho más siniestras y, en algunos casos, pareciera apuntarle a un fin mucho más letal.

(Además, toda mi infancia creí sin problemas que sea lo que fuera esto, era normal para un niño de 10 años tener acceso a esto:

Kevin McAllister and the doorknob
Foto cortesía de 20th Century Fox.

¿Un calentador de pomo, supongo? Quién putas sabe.)

Los ladrillos lanzados a la frente de Marv. Las planchas que caen cuatro pisos a la frente de Marv. La púa cubierta de brea que cae en el pie descalzo de Marv. Sinceramente, pareciera que Kevin tuviese una sed de sangre muy arraigada, que solo pudiese ser saciada por el asesinato de un incompetente y adorable ladrón de clase obrera. Él simplemente debe matar a Marv.

Lo que hay que reflexionar es que no hay lugares a los que Kevin no esté dispuesto a llegar con tal de extender su Edén personal. No hay nivel de destrucción de propiedades, violencia, o incluso homicidio involuntario (dudo que un fiscal pueda conseguir un cargo por homicidio a un niño de su edad), que lo disuadan de no pasar navidad con su familia. Si uno las ve con este lente, las películas se convierten en algo completamente diferente: Kevin es un psicópata despreciable, que no solo está dispuesto a llegar hasta esas instancias, sino que además lo disfruta, riendo con gracia mientras inflige daño y sufrimiento a cualquier persona con la que se cruce que no sea rica. Es un pequeño imbécil mimado de la peor calaña que no puede mantener ninguna relación humana normal —tanto que no parece tener ningún amigo— excepto por la anciana de los pájaros, posiblemente loca, que se la pasaba en las vigas del New York Philharmonic.

Y como es un verdadero niño rico y mimado, también disfruta la actividad favorita de la gente de su clase: sufrir cero consecuencias por sus acciones. Después de regresar por Kevin, sus padres lo llenan de amor y regalos. Lo perdonan por la deuda (presuntamente de más de 6.000 dólares) que generó en Nueva York. Olvidan la ridícula cantidad de daños que dejó en su casa. Ni siquiera parece importarles que él no se preocupó por contactarlos durante todo ese tiempo. Todo es perdonado, y son las víctimas de Kevin las que deben pagar. El domiciliario de pizza probablemente quedó con TEPT por el resto de su vida, ¿pero acaso eso le importó a Lord McCallister? Claro que no. Solo se ríe cada vez que piensa en eso. Así que en esta temporada navideña, si se sientan a ver estas películas clásicas y adoradas por todos, por favor intenten recordar que Kevin no es el héroe de esta saga; es Marv.

Sigue a Krang T. Nelson en Twitter.

K.T. Nelson http://bit.ly/2TcwLtJ

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Cómo empezar a entrenar cuando sufres de ansiedad

Artículo publicado originalmente por TONIC Estados Unidos.

Mi corazón empieza a acelerarse antes de que llegue a las pesas, antes de que caliente… mierda, incluso antes de entrar a mi nuevo gimnasio. Siento los pinchazos y las agujas en mis axilas que me hacen sentir aliviada de que me cambié al desodorante de mi novio. No estoy haciendo ejercicio todavía: solo estoy pensando en hacer ejercicio. Como alguien que ha tenido una ansiedad fuerte por la mayor parte de su tiempo en la Tierra, conozco la situación. Pero no me gusta, y los nuevos gimnasios parecen ser estar llenos de detonantes para mí. (Sí, es irónico que sea una entrenadora personal).

Yo paso mucho tiempo en el gimnasio porque, entre los ISRS, los benzos, las pruebas genéticas, la terapia individual y la terapia grupal, creo firmemente que el ejercicio es la mejor cosa que hago por mi salud mental. La mayoría de personas tienen al menos una idea difusa de que el ejercicio es bueno para la salud mental, pero esa discusión suele empezar y terminar con la depresión (con la cual, sí, también lidio). Y aunque el ejercicio puede ser útil para lidiar con la depresión, los efectos del movimiento constante en la ansiedad también están empezando a conseguir algo de la atención que merecen. Según los cálculos de un estudio, el ejercicio frecuente podría reducir síntomas de ansiedad en casi el 20 por ciento.

Hasta ahora, parece que el impacto del ejercicio en la ansiedad está conectado a un efecto de exposición (piensa en algo así como sujetar una araña si tienes miedo a las arañas). Los síntomas físicos de la ansiedad y las reacciones del cuerpo al ejercicio son bastante similares, como lo descubrió un estudio de personas con sensibilidad aumentada a la ansiedad. En casos de ansiedad, la respuesta emocional suele ser miedo. Pero en ese estudio, después de establecer una rutina de ejercicio regular, las personas se volvieron menos sensibles a la ansiedad cotidiana. El ejercicio podría enseñarles a las personas a asociar sus corazones acelerados y hoyos sudorosos con seguridad, no con peligro, según concluyeron los investigadores.

Es por eso que, incluso s i—y cuando— siento ansiedad entrando a un nuevo gimnasio, lo hago de todas formas. Digo, "Oh, sí, ahí está" y sigo. Sé que incluso si mis fosas están sudorosas, estoy bien, y que la hora siguiente será una de las mejores de mi día. Y casi siempre lo es. Si eso es lo que estás intentando lograr, está guía podría ayudarte. Comencemos con las grandes preguntas.

¿Por qué ir al gimnasio hace que algunas personas se sientan ansiosas?

En algún punto, prácticamente todo el mundo ha experimentado algún grado de ansiedad social, que está conectada íntimamente con la ansiedad de rendimiento, dice L. Kevin Chapman, un psicólogo de Kentucky y miembro de la Asociación Americana de Ansiedad y Depresión. "La ansiedad social es técnicamente un miedo marcado de situaciones o acciones sociales en las cuales podrían ocurrir evaluaciones negativas. Esta evaluación negativa puede ocurrir en cualquier situación social, pero el gimnasio es una plataforma perfecta para que las personas potencialmente lo miren y lo juzguen a uno y a su rendimiento".

Chapman explica que el potencial de evaluación negativa aumenta cuando uno hace cualquier cosa nueva o que no ha dominado, o simplemente cuando está alrededor de personas nuevas o en un ambiente nuevo. Después de todo, incluso si me siento cómoda de entrar a mi gimnasio regular, hacer ejercicio en uno nuevo —donde no conozco la distribución o tengo que examinar detenidamente una máquina para descubrir cómo ajustarla a mi cuerpo de 1,60 m— me siento ridícula. "¿La gente me está mirando?" pienso. "Por favor que nadie se acerque a intentar ayudarme".

¿Entonces por qué estamos tan tensionados? En parte porque funciona: "los humanos están programados para escanear un lugar por un amigo o un enemigo, y luego tomar una decisión sobre qué hacer o adónde ir basados en eso", dice Stephen Graef, un psicólogo de deportes en El Centro Médico Wexner de la Universidad Estatal de Ohio. Este comportamiento evolutivo nos permitió formar tribus de amigos de confianza, mantener nuestra distancia de los enemigos, y en general estar a salvo.

Cuando uno va al gimnasio, dice Graef, una de dos cosas sucede: bien todo el mundo lo mira a uno—o nadie lo mira. "Ambas cosas pueden ser percibidas como amenazantes para alguien que entra en un nuevo ambiente. Es como que todo el mundo es parte de esta tribu del gimnasio a la que uno no pertenece", dice. "Como llegar a una buena fiesta—y no tener un acompañante".

Dejando de lado la ansiedad social y de rendimiento, el gimnasio nos hace sentir incómodos también de otras maneras: para empezar, uno es plenamente consciente de su cuerpo, de los cuerpos de todos los demás, y de sus rangos, dice Chapman. Eso no pasa porque seamos inseguros o estemos mal, de nuevo, es solo la forma en que funciona el cuerpo humano. En algún punto, probablemente sirvió para una labor evolutiva, añade Chapman. Comparaciones sociales ascendentes —las que nos hacen sentir como la mierda— nos estimulan para crecer, mejorar, aprender nuevas habilidades. Las descendentes —que nos hacen sentir muy superiores— nos motivan a dormirnos en los laureles.

En otras palabras, nuestras mentes pueden estar programadas para compararnos con personas que son "mejores" que nosotros para que aspiremos a ser como ellos. Aunque intentar mejorar constantemente es en su mayoría algo bueno, después de cierto punto de comparaciones sociales ascendentes empezamos a sentirnos mal con nosotros mismos, lo que es contraproducente para hacer un cambio positivo.

¿Cómo afecta la ansiedad mi motivación para hacer ejercicio?

En resumen, la ansiedad es realmente efectiva para motivar a la gente a que evite el gimnasio. "El sello distintivo es la evasión", dice Chapman. "El problema con la evasión es que provee algo de alivio. Y aunque es alivio temporal, perpetúa el sentimiento de 'mientras evite el gimnasio, estoy a salvo'".

Aquí hay una hipótesis: estoy de camino al gimnasio y me siento súper ansiosa… ansiosa como a punto de vomitar. Decido, "hoy no". Me voy a casa y veo The Office, y me siento mucho mejor. Las hormonas para sentirse bien están fluyendo. He desarrollado el patrón de pensamiento, "gimnasio malo, casa bueno". Eso me va a afectar la próxima vez que intente ir al gimnasio. "Cada caso de evasión aumentará la ansiedad durante el siguiente intento", dice Chapman.

Pero incluso si uno logra "superarla", la ansiedad del gimnasio puede igual afectar negativamente. Cuando uno está pensando en que todo el mundo lo está mirando a uno o la mierda que sería quedarse atascado bajo una barra de sentadillas, por supuesto el entrenamiento de uno va a apestar: uno no va a estar al máximo, probablemente va a perder la cuenta de las repeticiones, e inundará el cuerpo con hormonas de estrés, explica Chapman.

Aunque se necesita un determinado nivel de lo que los psicólogos de deportes denominan "excitación psicológica" para que los atletas entren en su zona, el exceso de excitación inhibe el desempeño ¿Podrían los atletas profesionales competir si gastan todo el partido preocupados por la mierda que dice el tipo en la segunda fila? Nope. Y tú tampoco puedes.

¿Cómo supero mi ansiedad de nuevo gimnasio?

La única forma de superarla es viviéndola, dice Chapman, subrayando la importancia de la terapia de exposición. Del mismo modo en el cual el ejercicio te enseña a no desesperarte cuando tu corazón empieza a acelerarse, entrar por la puerta del gimnasio incluso cuando te sientes ansioso te enseña que sobrevivirás a lo que está del otro lado, dice.

Con el tiempo, y con la suficiente exposición, la ansiedad disminuirá. El tiempo exacto que demora varía según la persona y la situación, pero llevar a cabo acciones para volver tu experiencia más positiva y menos desconocida puede ayudar a acelerar el proceso. Eso podría comenzar al seleccionar el gimnasio adecuado para ti—uno que tenga una base de clientes y una cultura que te haga sentir más a salvo y menos como un intruso, dice Chapman. Esta es la razón que recientemente me hizo cambiar de gimnasio: mi terapeuta y yo decidimos que necesitaba un mejor ambiente. Mi nuevo gimnasio es un espacio seguro —dice eso en la puerta— y hace que mi ansiedad de encontrar todo y de ajustar ciertas máquinas sea mucho más liviana.

Cuando consideres gimnasios potenciales, visítalos en persona y obtén un tour, idealmente a la hora en que te imagines a ti mismo yendo regularmente. Comprar un pase de un día o de una semana puede ayudar a hacerte una idea de las cosas. A pesar de la ansiedad que va a causar, probar muchos gimnasios puede hacer que encuentres la mejor opción y ser la mejor solución a largo plazo. Después de que te comprometas con un gimnasio, hacer ejercicio con un entrenador puede también aliviar potencialmente la ansiedad. Un entrenador puede mostrarte cómo usar determinadas máquinas y ayudarte a dominar movimientos que no son familiares, dice Graef. Dicho eso, para algunas personas, encontrarse con un entrenador puede inducir ansiedad de una forma increíble. Así que es importante pensar qué va a ser lo más cómodo para ti.

Si decides hacer ejercicio solo, es mejor que sepas exactamente lo que vas a hacer durante tu entrenamiento antes de entrar al gimnasio. Por ejemplo, respecto a mis aprendices por Internet, todos tienen un plan de entrenamiento que seguir, pero nunca quiero que sigan el plan la primera vez en el gimnasio. Les asigno una serie de vídeos de ejercicio, leo todas las descripciones de los movimientos, y reviso los movimientos más técnicos vía Skype antes de ir a las pesas. De esa forma, cuando entran al gimnasio, saben exactamente lo que van a hacer, cómo lo van a hacer, y qué equipos y pesas van a necesitar. No tienen que intentar averiguar maneras de hacer ejercicio o nada más con una audiencia.

De forma similar, yo te recomendaría escribir, tomar captura de pantalla, o escribir tu entrenamiento y practicar cualquier movimiento nuevo en la casa antes de ir al gimnasio cuando sabes que vas a estar ansioso o incómodo. Piensa en la distribución de tu gimnasio, y cómo podrías ser capaz de forjar una pequeña sección solo para ti. Aunque acaparar equipos del gimnasio no está bien, poner una colchoneta en una esquina del gimnasio vacía y luego hacer todos tus ejercicios ahí —llevando de ida y de vuelta las pesas como cualquier otra persona decente que entrena lo hace— puede ayudarte a sentirte protegido.

Cuando trabajo con aprendices que nunca antes han estado en un gimnasio, también he descubierto que ayuda el enseñarles a limpiar las bancas, contarles sobre los clips de pesas, y dónde es apropiado hacer ejercicios en el piso. Si tienes preocupaciones similares cuando se trata de etiqueta del gimnasio, habla con cualquiera de tus amigos amantes del gimnasio y pídeles que te cuenten el protocolo. Cuando tomes un tour, pregunta si necesitas llevar tu propia toalla o candado. Resuelve todas tus preguntas sobre el gimnasio antes de tu primer entrenamiento. "Las personas propensas a la ansiedad tienden a sentir la incertidumbre como una amenaza", dice Chapman. "Cualquier conocimiento que uno pueda ganar con ventaja disminuirá la ansiedad".

Finalmente, hay muchas otras pequeñas cosas que puedes hacer para sentirte más cómodo—desde bloquear al mundo con audífonos, llevar a un amigo, hasta escoger una vestimenta que te haga sentir cómodo con tu cuerpo. Pero he encontrado que lo más útil es el simple recordatorio de que las personas probablemente te están poniendo menos cuidado del que crees. Darse cuenta de que la ansiedad es solo una parte de la experiencia humana y de que —a pesar de nuestras preocupaciones— las personas no nos están notando, puede ser increíblemente útil para normalizar y disminuir la ansiedad, dice Chapman. Mientras bromea con sus pacientes, "Tú no eres tan importante como crees que eres". Es por eso que cuando mi corazón empieza a acelerarse antes de un entrenamiento, digo, "OK, ahí está". Y luego sigo. Si acaso, me pregunto si puede contar como si fuera parte de mi entrenamiento.

K. Aleisha Fetters https://ift.tt/eA8V8J

Relájate y mira los mejores episodios de Navidad de Los Simpson

Artículo publicado por VICE Colombia.


Todos los momentos grandes de la humanidad —incluso los que todavía no han pasado— han sido retratados en episodios de Los Simpsons.

En sus 30 años de historia y sus más de 600 episodios han hablado de la llegada del hombre a la Luna, de Trump llegando a la presidencia; han hecho referencia a lo más icónico del cine y han incluso predicho la existencia de una partícula 10 años antes de que fuera descubierta.

La Navidad, junto con otras celebraciones icónicas como Halloween, es un tema del que claramente también se han ocupado Los Simpson. De hecho, el primer episodio de la historia de Los Simpson fue un capítulo de Navidad.

Si esta Navidad no hubo viaje y está sumergido en un letargo que va entre el descanso y el ocio, aproveche esta recopilación de los cinco mejores episodios de Navidad de Los Simpson para amenizar sus ratos muertos en épocas de fiesta. Vea y prográmese con estos episodios —los viejos, los buenos— y aproveche que muchos de ellos los puede ver completos en YouTube.

Especial de Navidad de los Simpson

Este fue el primer episodio de Los Simpson que salió al aire, el 12 de diciembre de 1989. El episodio es la crisálida de todo lo que serán Los Simpson de ahí en adelante: los dramas propios de la clase media gringa, el humor —todavía un poco tímido y no tan agudo—, la torpeza de Homero matizada con su ternura. En el episodio, Homero, todavía dibujado bruscamente, trabaja de Santa Claus para conseguir dinero para los regalos. Al final son 12 dólares los que gana y que pierde apostándole al perro de carreras más malo de todos: Enviado de Santa, el mismo que después se llamará Ayudante de Santa o Huesos.

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La decimoquinta temporada

Después de ver el “Especial de navidad de Los Simpson” este es el capítulo de Navidad para ver consolidado el humor y la técnica de dibujo mientras se conservan las estupideces de Homero y el cierre sentimental de muchos de los episodios de la serie. Lo que hace memorable este episodio es el Astrolabio parlante: una cosa gigante dorada que no sirve para nada —de hecho Homero lo compra en una tienda llamada “Cosas Innecesarias”— que dice cosas como qué hora es en Montreal. El episodio termina en una competencia por ser “el más bueno” entre Homero y Flanders que finalmente lleva a Homero a robarse todos los regalos de Navidad de Springfield. ¯\_(ツ)_/¯

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El bebé de mamá

Un nuevo videojuego sale, Apocalipsis, y Bart lo quiere pero nadie parece querer comprárselo. Al final termina robándolo de un supermercado y el día que van a tomarse la foto de Navidad, Marge se entera de lo que hizo. Tal vez de todos los episodios navideños este es el más conmovedor y sentimental porque la desilusión de Marge se transforma en tratar a Bart como “un niño grande” y ser indiferente. Al final Bart decide tomarse la foto de navidad solo para regalársela a Marge y reconciliarse con ella. El capítulo es de llorar, a excepción de los regaños de Homero cuando le dice a Bart, por ejemplo, que si no aprendió nada del que les da el sermón en la iglesia, “ese Capitán no sé qué”.

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Milagro en la avenida Siempreviva

Este episodio tiene clásicos como el de Homero bajándose del carro cojeando para poder parquear en el espacio de discapacitados, o el “Qué linda cochinada” de Bart cuando ve la decoración de Navidad de la casa. La historia empieza cuando Bart accidentalmente quema el árbol de Navidad al jugar con un carro de bomberos que destapa antes de la hora, cuando todos están dormidos. Se inventa que fue un ladrón el que se llevó todo y Los Simpson se vuelven la familia de la que toda la ciudad se compadece. Así es hasta que descubren los restos quemados del árbol y se vuelven la familia paria.

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Un gran embaucador

Este es un episodio que muestra la ya usual estrategia característica de Los Simpson: empezar con un tema para terminar en otro completamente distinto. Este en particular empieza cuando Bart se fractura el coxis después de jugar con Millhouse vestidos de mujer. Lo tienen que enyesar y su escuela tiene que construir rampas para que él pueda entrar en silla de ruedas. Por hacer negocios con la mafia la escuela termina quebrada y tienen que aceptar la financiación de unos empresarios que en realidad están haciendo un estudio para un nuevo juguete. El resultado es Funzo, una burla a Furby, ese juguete que era una mezcla de todo: pelo, pico, habla. Al final el episodio es una sátira al consumismo frenético navideño: un juguete de moda que todos los niños quieren y que crea la necesidad de comprar más accesorios que lo acompañen. Nadie entiende la navidad como Los Simpson.

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Jacobo Piña https://ift.tt/eA8V8J

Así fueron los primeros seis meses de las Farc en el Congreso de Colombia

Artículo publicado por VICE Colombia.


Son las 3:30 de la tarde en el Salón Elíptico de la Cámara de Representantes del Capitolio Nacional. Falta un día para que se termine el año legislativo en el Congreso de la República y sus funcionarios están inmersos en una carrera contrarreloj para archivar o aprobar proyectos de ley. Sesionan hasta pasada la media noche, discuten con cronómetro y, solo al final, resuelven a pupitrazo. El recinto, como le dicen todos, debería estar lleno, pero no. Casi la mitad de las sillas están vacías, casi la mitad de los congresistas están ausentes.

“Hace uso de la palabra el representante Cala por el partido Farc-EP”, anuncia la “voz en off”. Un hombre de 54 años, gafas redondas y pelo largo recogido en una coleta sube al atril. Ahora es Reinaldo Cala, pero antes fue Jairo Quintero, el fundador de la extinta guerrilla, la de las Farc, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Nació en Palmar, un municipio de la provincia Comunera de Santander, y por más de 35 años estuvo "en la insurgencia". Combatió en Barrancabermeja, en el Magdalena Medio, en Arauca y en la Costa Atlántica.

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El senador Roy Barreras, del Partido de la U. | Foto: Sebastián Comba. | VICE Colombia.

—Para mí es un hecho grande y transcendental— comienza Barreras antes de que yo encienda mi grabadora—. Después de 54 años, la guerrilla más grande de Latinoamérica ha dejado las armas y las ha cambiado por estos micrófonos en los que se expresa con gran dificultad. Yo le hago un símil: es como si a uno de nosotros lo soltaran en la selva. No sería capaz de encontrar el camino. A eso se suman una gran hostilidad por su presencia en el Congreso y una falta de garantías para su participación.

Con esto último tiene razón. Durante los primeros tres meses, las Farc-EP se enfrentó a juicios y prevenciones por parte de quienes se opusieron a la firma del Acuerdo. “Terroristas”, “asesinos”, los llamaron más de una vez. “Fueron muchos ataques por parte de sus opositores y justificados, además, porque muchos de ellos no sólo están en contra de su presencia en el Congreso, sino que son hijos de secuestrados o asesinados por las Farc. Era normal esa prevención”, dice María José Pizarro.

Sin embargo, su presencia fue normalizándose con el tiempo y en este momento, el balance resulta positivo. Salvo tres o cuatro congresistas que identifican con nombre propio —Paola Holguín, Carlos Felipe Mejía, María del Rosario Guerra y Óscar Leonardo Villamizar— se han abierto espacios de discusión y debate inteligente con los demás sectores.

Si bien no han logrado aprobar proyectos, han sido agentes férreos de control político. “Hemos tratado de hundir los que son nocivos para los colombianos y cuando no es posible, de limitar su daño por medio de remiendos y proposiciones aditivas”, dice Sergio Marín. Para el año que viene, tienen planeado concentrarse en cinco propuestas específicas, mantenerse a la bancada alternativa y legislar con un pie en la calle, es decir, acompañando las movilizaciones ciudadanas y los espacios de lucha.

***

Hace quince años, un carro bomba explotó en el club El Nogal de Bogotá. Dejó 36 muertos, 198 heridos y a Bertha Fries con varias esquirlas que le hicieron perder la movilidad de sus brazos y piernas. El atentado fue atribuido a las Farc y Bertha diagnosticada con cuadriplejia. El 10 de diciembre de este año, día internacional de los Derechos Humanos, Bertha visitó el Senado, abrazó a Sandra Ramírez, la viuda y compañera ideológica de Manuel Marulanda Vélez, y le dijo: “yo los perdono”.

Ramirez prolongó el abrazo, inclinó la cabeza y subió hasta el atril con una planta que le ofreció a Álvaro Uribe Vélez como símbolo de reconciliación. “Yo no albergo odios”, le dijo Uribe sin recibir el presente. “Quien alberga odios se pierde lo mejor de la vida”. El senador, además de ser uno de los principales detractores del Acuerdo de paz, asegura haber sido una de las víctimas de la guerrilla cuando en 1983, el frente 36 de las Farc asesinó con dos disparos a su padre, Alberto Uribe Sierra.

Sandra Ramírez no se dio por vencida y volvió insistir. “No puedo negarme a recibirle la matica”, le dijo Uribe mientras caminaba hasta ella. “Pero le pido que entienda que existen muchas diferencias entre nosotros. La elegibilidad política de quienes fueron guerrilleros es una”.

—El país está cambiando y sólo quien tenga una visión absolutamente sectaria y obtusa no se da cuenta— me dice Iván Cepeda cuando hablamos Bertha, Sandra y Uribe.

Cinco horas más tarde, la Ley de Financiamiento fue aprobada en plenaria por la Cámara de Representantes.

Laura Galindo M. http://bit.ly/2QOv35b

Lo que las películas de superhéroes podrían aprender de 'Into the Spider-Verse'

Artículo publicado originalmente por VICE Canadá.

Es extraño considerar a Into the Spider-Verse de Sony como fresca cuando Spider-Man (como franquicia) se siente antigua. Estoy hablando de antigua como el polvo. Más vieja que Internet. Y lo suficientemente vieja para haber muerto y regresado 15 putas veces. Él es un adulto mayor con una historia de 56 años en este punto y, por consiguiente, ha estado re-contando esa misma historia de picaduras de arañas, tíos muertos, y heroísmo interrumpido por años.

Hoy en día, cuando pienso en la película promedio de superhéroes, se siente como el mismo tipo de antigüedad. Así sea actual, con un tipo villano púrpura abultado enfrentándose a seis héroes con superpoderes, con explosiones tras explosiones, portales a otras dimensiones, o con el tipo volador #1 de 2013 enfrentándose al tipo alien #2 arrojando cosas a los edificios... Todo se siente como un rencauche. Pero Into the Spider-Verse no se sintió así.

A pesar de ser una película donde el Spider-Man clásico está insertado dentro de cada punto de la trama, esta película se presenta como una adaptación suelta de una historieta (de la artista Sara Pichelli y el escritor Brian Michael Bendis) sobre el joven Miles Morales, nuestro nuevo adolescente negro/puertorriqueño de Brooklyn, con una afinidad por el arte callejero. Como Parker, él tiene sus propias inseguridades, su propio momento radioactivo y, cuando alguna mierda relacionada con las dimensiones sale mal, sentí que me dieron una película rebosante de corazón y entendimiento del héroe que amo.

Muchas películas tanto viejas como nuevas podrían aprender de esta apuesta fresca de un héroe viejo. Y quién lo diría, tengo una lista de todas las razones aquí mismo:

Into the Spider-Verse entendió por qué los fans aman el personaje.

Batman V Superman pudo aprender de esto.

Cuando pienso en las fórmulas del pasado para la pantalla grande que funcionaron, todas tomaron decisiones acertadas sobre quién era el protagonista. En la trilogía de The Dark Knight de Christopher Nolan, él entendió que el Batman caprichoso y malhumorado que todos amábamos estaba atado a la filosofía del vigilante; ese hombre reflexivo y lúgubre llevado a las variantes tenebrosas del heroísmo. En contraste, la directora Patty Jenkins honró a la Mujer Maravilla como desafiantemente esperanzada, y optimista incluso bajo el riesgo de verse ridícula. Spider-Verse sabe cómo conmemorar en este espacio a un personaje querido por su atractivo principal. Miles Morales tiene una familia que ama, pero carga con una culpa de recibir una educación de prestigio de una lotería de escuela charter. Y Peter Parker sufre de depresión gracias a sus inseguridades y decisiones que impactaron su vida doméstica. Como mito, Spider-Man siempre ha sido adorado como un personaje que siempre está en la cúspide de la grandeza, pero retenido por la vida.

En comparación, Batman V Superman de Zack Snyder no tenía ni puta idea de Superman. En cambio lo convirtió en una imitación barata de Batman —crudo, melancólico y aburrido— cuando lo opuesto a Superman es lo que es real al personaje. Aunque todavía no puedo soportar esa mierda inhumana de la superioridad moral, Superman ganó una base de fans porque era un ideal incorruptible. Era un trabajador bruto de Kansas con cualidades de Dios cuya moral se originó de un hombre normal (Jonathan Kent). Nuestra estética de alien superpoderoso vs. humano millonario no expuso ninguna pista de por qué Superman luchó de frente contra Bruce Wayne, y viceversa.

Into the Spider-Verse entendió el humor.

The Amazing Spider-Man 1-2 pudieron aprender de esto.

Yo entiendo: Sony todavía sufría las consecuencias de esa caminata y ese pavoneo de Tobey Maguire en 2007, así que necesitaban de un cambio. Se decidieron por una mierda contracultural. Quita a Peter Parker de su pasado de cuatro ojos, y conviértelo en el Andrew Garfield sombrío, siempre cansado y que monta patineta. Sí, eso funcionará. Excepto que no lo hizo. Garfield fue el Spider-Man más desagradable con el que me he cruzado alguna vez, y esto no es por irrespeto a su talento, sino porque mucho de lo que hizo que el personaje de Spider-Man fuera querido estaba en su habilidad de reírse y llorar al mismo tiempo.

Into the Spider-Verse acepta el pavoneo y muchas cosas más. Miles como personaje es torpe con sus habilidades de araña, y como un joven pubescente es incómodo con sus descubrimientos, es fácil reír con su crecimiento en lugar de solo reírse de él. Hay consistencia entre cada Spider-Man/Woman que es mordaz y disecciona lo que los fans saben popularmente de Spidey. Y cuando eso se quita, se siente el impacto dramático.

Into the Spider-Verse entendió el "look"

Man of Steel y Batman V Superman pueden aprender de esto.

Temáticamente, una película de superhéroes empezaría a partir de la mierda superficial que hace a un héroe reconocible (poder y nombre), y se olvidaría del resto. Man of Steel (2013) marco el inicio con el traje, pero introdujo tonos oscuros. Esto salió fresco del éxito de The Dark Knight, así que naturalmente el director Zack Snyder ignoró los tonos brillantes y chispeantes del Superman de 1973, y se decidió por la graduación lúgubre de un Batman de los 2000. Se fue a los tonos temáticos que simplemente eran incorrectos de los Súper antes, pero lo llevó un paso más lejos estéticamente, Zack le echó una mirada fija al anti-optimismo y lo sintió al mismo tiempo.

Compara eso con Into the Spider-Verse, que adopta y acepta el espectro artístico de un pasado de franquicia. Bien sea con la técnica de Robby Rodriguez y su Gwen Stacy y su estilo de historieta pop-art de Marvel, o con el espectáculo de luces de manga y anime, todas las putas partes de esta película gritan su amor declarado por quien es Spider-Man en una escala sensorial. Desde las cajas amarillas de texto con diálogo interno (como en una tira cómica), hasta la implementación del 2D al 3D, el viaje de ser Spider-Man se siente auténtico. Es infeccioso. (Un consejo: ¡quédate hasta el final!)

Into the Spider-Verse reconoce el pasado.

The Amazing Spider-Man y Spiderman: Homecoming pueden aprender de esto.

En la secuencia inicial, un experimentado y medio deprimido Spidey en sus veintes (Chris Pine) hace un monólogo sobre la historia entera de la trilogía (Sam Raimi): el beso bajo la lluvia con Mary Jane(Spider-Man), el tren suspendido (Spider-Man 2), ese rescate en el restaurante, y la terrible vergüenza de la caminata por la acera (Spider-Man 3). Entre este momento y el siguiente, lo que comienza como un montaje básico empieza a sentirse como una broma interna. Después de Spider-Man 3, Sony prácticamente ignoró la última entrega de Sam Raimi como el hijastro pelirrojo que fue. Y desde ahí, nos dejaron con un ciclo de adaptaciones que bien ignoraban o remezclaban por completo los elementos "clásicos" del mito. Homecoming optó por un Parker diferente que no lidió con el desempleo, la pérdida de los amigos, y la bancarrota que hicieron a Peter Parker quien era. Y ya hemos hablado de ese Spider-Man más atrevido a quien tampoco le importaban sus mayores. No me malinterpreten, ambas de estas películas pudieron ser películas medio decentes, pero no fueron buenas películas de "Spider-Man".

Spider-Verse en comparación entrega las bromas de auto-referencia y el material a mil por hora. Sabe por completo que ya conocemos las historias y las dificultades, y no cambia nada de eso. Lo que sentí entonces fue un vínculo extraño como un espectador que una vez invirtió tiempo y amor en este pasado de historias. Malo o bueno, era la experiencia de cada momento spidey la que importaba.

Into the Spider-Verse como tema tiene sentido.

Avengers: Infinity War pudo aprender de esto.

¿Entonces cuál es el tema de Infinity War? Bueno, a diferencia de la mayoría de villanos interesados en esa mierda de dominar el universo, obtuvimos un imitador de Hulk púrpura que buscaba salvarlo. Ya para este momento conoces su plan maestro: eliminar mitad de la vida en el universo o algo así con el chasquido de sus dedos. Sin importar que ese poder del anillo de realidad que tenía podría haber sido utilizado para arreglar el problema o lo que fuera—ya he dicho esto antes. El punto es que, la motivación no tenía mucho sentido, y eso mató por completo la película para mí.

Temáticamente, Into the Spider-Verse comparte los mismos hilos que Homecoming. Un joven con la ayuda de un mentor (Iron Man) aprende a ser un héroe por su cuenta, bla, bla, bla. Pero con Into the Spider-Verse, el tema es la pregunta: ¿Qué significa ser Spider-Man? Es contestada con un Parker que ha olvidado cómo ser el héroe. Es contestada en Miles quien intenta entender de responsabilidad. No es una historia de Gwen Stacy, o una historia de cualquier Parker, es una historia de Spider-Man. Una que mi mamá (Spider-Man 1976), mi primo menor (Sam Raimi, 2002), y yo (animado, 1994) reconoceremos en nuestras maneras diferentes. Es una celebración de quién era Spider-Man, y en quién se convertirá finalmente.

A Into the Spider-Verse no le importan un carajo sus villanos.

Doctor Strange puede aprender de esto.

No puedo decirte cuándo fue la última vez que vi una película en la que no me importó un carajo el tipo malo. Hay algo especial cuando una película de superhéroes elige no depender del villano del momento para avanzar en una trama. Algunas de las mejores películas del MCU, como Guardianes de la Galaxia, eligen romper el molde estándar al convertir al equipo de inadaptados espaciales al estilo Seinfeld en el centro de atención. Sí, es sacrilegio para mí decir esto cuando tenemos al Joker de Heath Ledger, pero también considera lo que ocurrió con la continuación—The Dark Knight Rises no es tan remotamente convincente, y por lo tanto es una película de Batman olvidable. En lo que se refiere a las películas de Marvel, Doctor Strange es el infractor más reciente aquí. Al enfocar la trama en un villano débil desarrollado en un demo sobre-glorificado con efectos especiales, fue incluso más difícil ponerle atención a Dr. Strange, quien ya se sentía como un personaje secundario en su propia película.

Obvio, Into the Spider-Verse tiene una trama estándar de bien-versus-mal (Wilson Fisk jodiendo la continuidad temporal), pero la mayoría de eso es dejado a un lado para una historia de la mayoría de edad sobre muchas historias sobre la mayoría de edad. Se trata de Parker obteniendo su ritmo de vuelta. Es sobre otros tipos Spider llegando a casa, y es sobre Miles aprendiendo lo que significa usar el traje. Lo que es más importante aquí termina obteniendo el mayor brillo (como debería), y así es como terminan alistando a un tipo fanboy como yo para una secuela. Los villanos vienen y van, amigos, pero los héroes están aquí para largo.

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Nuestra música decembrina es, sin duda, un homenaje a la melancolía

Artículo publicado por VICE Colombia.


Colombia es un país bastante bipolar. Si uno le pone atención a los comerciales de la marca País, (que siempre será un mal consejo), puede pensar que se trata de un país alegre, que además tiene una pata en el Caribe, lo que implica de inmediato que el trópico anula la tristeza y en el mar la vida es más sabrosa. Pero eso es mentira. Si uno lee Twitter, por ejemplo, Colombia es el país más triste del mundo. En un extremo se mueren de hambre, en el otro los matan los paramilitares. A un lado tumban la Amazonía, en el otro se trata de contener sin éxito la delincuencia común, producida por la horrible desigualdad. Así podríamos seguir todo este texto. Colombia no es un país triste, pero tampoco es un país feliz. Si me preguntan —y VICE lo hizo— Colombia es un país melancólico.

"No tenemos, como país, un mecanismo sano para lidiar con todas las mierdas que nos pasan a diario".

La melancolía no es necesariamente tristeza, al menos no como uno la entiende. Al contrario, es un estado profundo y vago, poco definido, que da prelación a los sentimientos negativos. Alguien incluso la definió como “la felicidad de estar triste”. Pero claro, una de las razones por las que somos así es porque nadie tiene tiempo de sentarse a pensar en lo que siente. O al menos no de forma deliberada. Lo urgente se antepone a lo importante, decían, y en Colombia lo urgente es mucho. Además, nosotros todavía creemos que está mal expresar las emociones y que los sicólogos son para locos, de manera que preferimos hacernos barras bravas, trolls de Twitter, asesinos, emprendedores demenciales, negociantes implacables y artistas mendigos de atención, básicamente porque no tenemos, como país, un mecanismo sano para lidiar con todas las mierdas que nos pasan a diario.

Todo esto lo digo buscando una explicación para lo triste que es la música bailable decembrina en Colombia. Una tristeza que no es poca cosa. Si algo tenemos en este país es, precisamente, música. Somos una nación fiestera, gregaria, bebedora, verborreica, pero, sobre todo, somos un país de bailadores, un país de bailadores que se alborota más que de costumbre en diciembre. Incluso nosotros, los cachacos, que hacemos nuestro mejor esfuerzo y fracasamos a menudo, somos bailarines por encima del promedio mundial. De manera que nos sabemos muchas canciones. Y si nos fijamos, porque la mayoría de nosotros simplemente repite las letras durante estas épocas sin pensar, casi todas las canciones que bailamos tienen unos temas bastante tristes.

No es algo solo de Colombia, porque de hecho el rey de esta música no es otro que Pastor López, venezolano de nacimiento, pero dueño de una melancolía tan colombiana que ya deberían haberle cambiado ese pasaporte (antes no era ninguna ventaja, claro). Igual, si se me permite un pequeño chauvinismo, somos los que mejor hemos refinado este estilo, gracias al cual la mayoría de nosotros recordamos las navidades de tíos, parientes y extras de esos habituales en las familias, bailando o mirando a una esquina de una sala, con los ojos vidriosos. ¿nunca se han preguntado por qué en Navidad todo el mundo parece un poco más feliz, pero al tiempo dos pocos más triste? Incluso las canciones que se presumen felices tienen un poco de tristeza en el corazón. Incluso las instrumentales, como “El funeral del labrador”, de Pacho Galán, traen consigo una carga emocional muy oscura. No es extraño para nada que quieran ponernos la navidad desde septiembre, porque un mes no basta para hacer el desahogo de tantas cosas tristes.

No es una tendencia vieja, o una costumbre en desuso, para nada. Hay exponentes modernos, como J Balvin (“…tengo la necesidad de saber lo que piensas, cuando piensas en mí”), La 33 (¿han oído, o mejor bailado, “Soledad”?), Mauro Castillo, Herencia de Timbiquí, y de ahí para atrás, y de ahí en adelante. No hay ritmo bailable que se salve, e incluso la melodía es de tono bajo y apagado, como pasa con “La pava congona”, que tiene un pasito sosegado y vago, como bailable pero como llorable, para pasar la borrachera como mejor den las piernas. A veces es el alarido de Píper Pimienta en “Buscándote”, a veces el ritmo nostálgico de “Mary” de Joe Arroyo, rey de la alegría, y de la melancolía.

La verdad, es una costumbre que no tiene tanto que ver con la Navidad como con la necesidad que tenemos de desahogarnos y al tiempo mantener la calma, o lo que entendemos por calma, que es en realidad la capacidad de beber para lidiar con los problemas. En Navidad, como se “permite” bailar todos los días, esa melancolía se reconcentra y nos regala otra vez esos ojos vidriosos fijos en el vértice que une el techo y la pared, en el salón comunal.

A veces importamos la tristeza. Siempre de Venezuela (ya lo he dicho), pero también de México (“Qué dirán/ los de tu casa/ cuando me/ miren tomando/ pensarán/ que por tu causa/ es que me vivo emborrachando/ ¡y ándale!/ pero si vieras/ cómo son lindas/ esas borracheras…) o de República Dominicana (¿han bailado “No hay pesos” de Los Cantantes, o “13 años” de Wilfrido Vargas?), y obviamente de Puerto Rico, con Lavoe frenteando y ahora con Bad Bunny y su perreo triste, a veces misógino y a veces sentido, tomando la batuta de las nuevas generaciones. Incluso a veces se importa de España, no en vano a mucha gente en este país le encanta el pasodoble (el franquismo también les encanta, dicho sea de paso).

Como pueden ver, esa melancolía es otra de esas herencias españolas que llevamos a la perfección, como el racismo autosaboteador, el pobre de derechas y el clasismo entre pobres (de ambas tendencias, porque la izquierda no se salva). Sin embargo, nuestra melancolía bailable es un mecanismo que usamos para no hablar de política. Es increíble, porque es precisamente la política la que nos tiene así. El despojo, la violencia, la inseguridad, las ausencias de los hijos perdidos, las madres que sufren y los padres abandonadores, pero sobre todo y en primerísimo lugar la desigualdad, todos productos directos de la mierda de clase dirigente que tenemos, y de la cantidad de años que llevamos dejándonos joder.

Nuestra respuesta, lejos de ser la indignación y la furia, es el lamento bailable. De pronto estoy sobreactuándome, pero piénsenme estas navidades cuando estén bailando “…dame mi aguinaldo, aunque sea poquito”, o “tanto trabajar, y no tengo na’”. De manera que a brindar por el ausente, que el año que viene esté presente y como bien lo dice Lisandro Meza: “Bueno pues, muchachos, me voy con dolor, porque no los llevo para donde voy…”.

Felices fiestas.

Santiago Rivas https://ift.tt/eA8V8J

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