A24 es aparentemente incapaz de lanzar una mala película de terror. Con filmes como Hereditary, The Witch y Midsommar, todo lo que han sacado dentro del género ha sido estelar. Recientemente, el estudio lanzó un trailer de su más reciente película de terror, Saint Maud, la cual luce tan aterradora como sus predecesoras.
La cinta sigue a Maud (Morfydd Clark) —la enfermera de un hospicio que tiene una, uh... relación complicada con Dios— mientras cuida a Amanda (Jennifer Ehle), una ex bailarina que ha sido diagnosticada con linfoma terminal. Amanda tiene sus dudas sobre el "Dios" con el que su cuidadora está tan obsesionada y Maud libra una batalla intensa y desquiciada para salvar el alma de Amanda antes de que muera. En el camino, las cosas se van volviendo sumamente extrañas. Maud pone clavos en sus zapatos como una especie de penitencia y pasa un día caminando en ellos; comienza a levitar de algún modo, y no de la manera divertida propia de los superhéroes; termina cubierta de grandes cantidades de sangre, sin una explicación real de cómo sucedió. ¡Cosas realmente espeluznantes!
Saint Maud es el primer largometraje de la escritora y directora de cine Rose Glass, aunque ha hecho un puñado de otros cortometrajes de terror anteriormente. Su debut ya ha recibido excelentes críticas, ganando elogios de medios como Indiewire,AV Club, Variety, Hollywood Reporter. La película aún no tiene una fecha de lanzamiento oficial, pero si estás listo para asustarte y no eres un cristiano devoto, mantente atento a principios del próximo año; la cinta está programada para llegar a los cines en primavera.
Una expectativa de vida de 35 años no es graciosa. Tampoco lo son sus causas: el homicidio transfóbico, el abuso policial, el mal uso de la silicona industrial, la discriminación que deriva en falta de oportunidades, la prostitución casi como única salida laboral posible. Entonces, ¿cómo puede ser que el humor se haya convertido en una seña particular tan fuerte del colectivo trans argentino? ¿De qué se ríe la población más vulnerable del país?
“Te voy a contar una anécdota”, dice Luisa Paz, actual presidenta de la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero de Argentina. “A fines de los 80, incluso después de la vuelta de la democracia, la policía estaba extremadamente pendiente de nosotras. Una noche, después de un allanamiento en el que nos rompieron hasta los colchones, nos metieron en una oficina grande de la comisaría y, cada vez que traían detenida a una nueva, decíamos: ‘Ooooh, llegó la fulana’, y nos reíamos. Te estoy hablando de una situación que había sido sumamente violenta: nos hacían pasar entre dos filas de doce policías y en ese camino nos daban garrotazos en donde querían. En un momento, un policía se resbaló y se raspó contra la pared, y una empezó a decir que se quejaba como un maricón. De esas cosas tan tontas nos reíamos, en un contexto tan terrible y de tanta impunidad. Me parece que tiene que ver con la resiliencia. Nosotras pudimos canalizar esa realidad a través del humor”.
La explicación tiene sentido: de alguna manera, un chiste puede convertirse en un acto de justicia poética, quizás el único modo de justicia posible ante la impunidad. Luisa se refiere al tipo de humor que comparte con sus compañeras como “extremista”, no tanto por el hecho de que fuerce una escena cómica hasta el extremo, sino porque la propia concepción del chiste ocurre en situaciones límite. Cuando no hay nada de qué agarrarse, todavía puede haber humor.
Para I Acevedo, escritor trans que publicó libros antes y después de su transición, el humor también tiene una función mucho más tangible en la interacción diaria. “Frente a alguien que tiene más fuerza que vos, un chiste puede salvarte de un montón de situaciones”, dice. “Si podés devolverle al otro algo que lo desestructure con la risa, en general aparece un hueco por el que pasar”.
Ya sea en el plano teórico o el práctico, la idea del humor como una herramienta que sirve para avanzar es recurrente. “Si no me puedo reír de algo, no lo puedo procesar”, dice por su parte Camila Sosa Villada, escritora que en su novela autobiográfica Las malas narra la vida cotidiana de un grupo de travestis de la provincia de Córdoba, un relato que va de clandestinidad de la prostitución a la complicidad salvadora de una población tan vulnerable. “Por ejemplo, hace poco le pregunté a un amante cuánto había tenido que ver mi travestismo en las cosas feas que pasaron entre nosotros a lo largo de trece años, y él me reconoció que todo, porque a él le gustan las conchas, es bien heterosuexual. Después de eso, yo empecé a hacer chistes. Le decía: ‘¿Qué hacés, Míster Concha?’, y él se ofendía. Pero es así: necesito bromear con eso para procesarlo”.
En ese sentido, el “humor trans”, que Camila describe como “bien guarro y picante”, resulta necesario pero implica un riesgo grande para la comunidad trans: todavía hay demasiada gente que no está dispuesta a tolerarlo, y en cambio muchos sí están listos para aplicarlo en modo de burla, especialmente fuera de los espacios todavía minoritarios generados y ocupados por el activismo LGBT. El mismo chiste puede interpretarse de manera muy diferente “hacia adentro” o “hacia afuera” del movimiento. “Ahí es donde entran en juego las audiencias”, dice el periodista Franco Torchia, que desde hace siete temporadas conduce No se puede vivir del amor, un show radial diario único en el mundo, dedicado exclusivamente a la diversidad sexual. “El público de los circuitos alternativos no tiene ni un punto de contacto con el del horario central de la televisión de aire. Son atmósferas radicalmente diferentes”.
“Lo que pasa es que cualquier juego tiene reglas y es preciso que se entiendan”, comenta Camila. “Hacia afuera, muchas veces no se entienden. Pero, entre nosotras, las reglas están claras: está habilitado que nos podemos reír de todo. No hay nada que no pueda ser risible”. De hecho, según la visión de Camila, el humor habitualmente asociado a la comunidad trans tiene incluso más que ver con una complicidad femenina natural que con una herramienta de defensa consciente. Durante su infancia, cuando para su familia era un chico afeminado interesado casi exclusivamente en la lectura, la relación con su madre fluía a través del humor, a través de chistes sobre hombres como su padre. “Y particularmente en el caso de las travestis, si pasa un chico, nos miramos y nos reímos. Hay algo que está sobrentendido. No es que tengamos un vínculo con el humor porque sufrimos y solo eso, sino que prescindimos de ciertas limitaciones que pueden tener otras personas, básicamente porque tenemos muy poco para perder. Eso es muy habilitante”.
I prefiere no caer en el binarismo de “lo femenino” y “lo masculino” a la hora de definir un determinado tipo de humor, pero es capaz de llevar la idea de Camila sobre las propias limitaciones como factor liberador hasta un plano extremadamente personal. “Antes de la transición [cuando firmaba como Inés Acevedo], mi identidad, mi cara o mi forma de ser en el mundo no las sentía del todo reales, entonces era mucho más fácil reírme y hablar de mí gratuitamente”, dice. “Pero ahora me cuido. Tengo otra responsabilidad y eso me afecta: lo que escribo es menos espontáneo. Quizás me lleve un algo de tiempo acostumbrarme a mi nueva identidad”.
Como observador e investigador, Franco tiene una visión histórica de la evolución del humor trans. “En principio, hay una larga tradición circense relacionada con el transformismo”, dice. “El circo y las identidades trans están anudadas de esa manera desde hace muchísimo tiempo, por lo menos en occidente. Entonces, desacoplar el humor de las identidades trans parece tarea imposible”. En un plano más contemporáneo, habla de lo central que ha sido la apropiación de términos habitualmente destinados a la burla como “trava” o “travesaño” (que hoy son usados por la comunidad sin complejos, de manera chistosa, incluso cariñosa), ya que implica una demanda de la identidad travesti, no como mujeres trans o varones trans —que es lo que admite la Ley de Identidad de Género—, sino como una identidad per se. “Eso es importante porque abre espacios a la mayor discusión en el activismo hoy, que es la del binarismo y la abolición de toda diferencia sexual”, dice.
Así de importante puede ser el humor, que encuentra nuevos modos de expandirse de acuerdo a las demandas de la época. Si hasta hace no tanto el foco estaba puesto en la autoparodia que genera empatía, hoy se ve un corrimiento crucial hacia el señalamiento de identidades opresoras. “Ya no se trata del chiste de ‘Me creció la barba’, sino de un cuestionamiento muy fuerte al macho dominante, como en el caso de los drag kings de Buenos Aires”, dice Franco. “El caso de Sandro King es absolutamente contemporáneo: hace de Sandro [el icónico cantante romántico argentino de los 60 y 70], y retuerce el estereotipo de ese artista, de su estrategia, de su pasaje del rock a lo melódico. Te diría que está más atado al futuro que al presente”.
Pero al mismo tiempo que funciona como mecanismo de defensa, gesto de complicidad o catalizador de debates, el humor de las personas trans encuentra un límite muy claro cuando se convierte en un requisito: históricamente en los medios argentinos las personas trans han sido aceptadas siempre y cuando sean graciosas. “El caso de [la actriz, comediante y conductora trans] Flor de la V es paradigmático”, dice Luisa. “Empezó riéndose de ella misma y la reconocieron como comediante, pero cuando pasó a ser una señora de Barrio Norte, casada y con hijes, cambió todo. De hecho, ahí apareció Lizy Tagliani y ocupó el lugar de la humorista. Es como si esa fuera la única veta que puede tener una mujer trans”.
En los últimos meses, Flor y Lizy dieron exactamente ese debate en declaraciones cruzadas a través de revistas y programas de televisión. “Me di cuenta de que ya no necesitaba decir que llevaba una maquinita de afeitar en la cartera para que me quieran”, dijo Flor. “Me encanta Lizy, pero su actitud no construye en este contexto de lucha por la igualdad”. Poco después, Lizy contestó: “Me gusta ser travesti, reírme de mis bigotes. Porque el problema no lo tengo yo. Es como creer que una chica no debe tener minifalda para que un tipo no vaya y la toque. El tipo tiene que saber que no la puede tocar, y tiene que saber que conmigo puede bromear con mi bigote y con otra chica, no. El problema lo tiene el otro, el que no es educado. A él hay que apuntar, a esa persona”.
Más allá de la toma de posición en ese debate, lo cierto es que una persona sin derechos ni posibilidad de desarrollarse es fácil de reducir. Y, si bien el avance del activismo trans celebró varias conquistas en los últimos años, Luisa cree que todavía es temprano para que sean reconocidas más allá del humor. “Hay compañeras que son tremendas profesionales, pero todavía son pocas”, dice. “Hay que darles a las personas trans la posibilidad de explotar otras facetas, porque, de lo contrario, o somos graciosas como Lizy o no somos nada”.
“El otro día estaba charlando con una chica que estudia medicina y es empleada de la ANSES [Administración Nacional de la Seguridad Social], y veía a alguien absolutamente singular”, dice Franco. “Ella nunca podría ser encuadrada en los casilleros habitualmente dedicados a las personas trans. Lo mismo me pasa con Victoria Antola, que trabaja en el Museo Numismático del Banco Central. Para los medios, esas personas no existen”. Una feliz excepción es justamente el caso de Camila, que tras la edición de Las malas se convirtió en una autora universalmente celebrada, con una repercusión inédita para una escritora trans. “Yo soy muy astuta y he sabido hacer mi propio lugar”, dice ella. “Hoy podría estar en la tele haciendo de prostituta, porque todo el tiempo me llegan propuestas de muchísimo dinero, con sueldos que nunca soñé. Pero hay un poder muy grande en el ‘no’. La verdad es que yo digo mucho que no… ¡Y eso me parece divertidísimo!”.
Si bien el camino que queda por recorrer para que Camila deje de ser una excepción todavía parece largo, es evidente que los límites y los alcances del humor trans están siendo discutidos y modificados a la par de las conquistas del colectivo. “Estamos en otras instancias, hemos avanzado socialmente”, dice Luisa. “Pero, cuidado: el humor y el lenguaje que usábamos en los peores momentos no los queremos perder. Eso es parte de nuestra historia y, por más sentido del humor que tengamos, no cualquiera se va a reír de nosotras”.
En una tarde soleada de diciembre en Bogotá se reunió un grupo de mujeres a hablar de lo que las inspira, de cómo ellas inspiran a otras a lograr su máximo potencial y cómo pueden convertirse todas en una sola fuerza de cambio y poder creativo.
La idea de ese encuentro de raperas, bailarinas, diseñadoras y futbolistas era preguntarles qué era para ellas una comunidad, qué significa esta palabra en la vida de las mujeres. Y todas esperaban escuchar a Sophy G y Clemencia Vargas, dos importantes bailarinas colombianas.
En ese ambiente relajado, estas mujeres llegaban con sus tenis, su ropa holgada y con la actitud de desparpajada de quien quiere comerse al mundo. Algunas no se conocían, pero había algo en común entre todas: eran fuertes, imponentes. Luego de unos minutos de charla esas desconocidas se contaban entre ellas sus historias, compartían su música, sus pasos de baile como si fueran amigas de toda vida. Se había creado una pequeña comunidad de apoyo y solidaridad femenina.
La primera en hablar fue Sophy G, la bailarina que alcanzó la fama mundial en 2017 luego de romperla con sus pasos de baile en el video de la canción Mi gente de J Balvin. En ese momento ella apenas tenía 11 años. Para Sophy su comunidad son sus padres, entrenadores y amigos. “Ellos son el apoyo que me ha permitido lograr todo lo que he hecho como bailarina, me retan incluso para que haga cosas ni siquiera sabía que podía hacer”.
Al ser tan joven y talentosa no es raro que a ella la busquen para animar a otras chicas a lograr sus objetivos, incluso cuando les dicen que no son capaces. “Una vez en una academia una niña se me acercó y me dijo: Sophy, mis amigas me dicen que yo no puedo bailar. Yo le respondí: si dicen eso demuéstrales lo contrario, tú tienes algo que ellas no tienen, muéstrales ese algo especial que es solo tuyo. Esa es la manera en la puedo inspirar a otras mujeres, mostrándoles que no se trata de copiar a nadie, la idea es tener un toque que las identifique”.
Clemencia Vargas vivió 16 años en Estados Unidos y cuando regresó a Colombia creó la fundación Vive Bailando que promueve la transformación social y el empoderamiento de comunidades vulnerables a través del baile. “Cuando uno baila no importa la edad, la estatura, la raza o el género”, dice. Por eso asegura que bailar es una herramienta poderosa para crear comunidad.
Además de la danza, en la fundación Vive Bailando tienen un proyecto educativo en el que enseñan liderazgo, trabajo en equipo, autonomía y emprendimiento a través de programas sociales. Actualmente se han beneficiado cinco mil jóvenes en casi 20 municipios del país.
Sophy G y Clemencia Vargas habían llegado para inspirar. Eran las bailarinas conocidas, las famosas, pero entre las artistas que habían ido a escucharlas abundaban las historias de perseverancia y resiliencia.
Lía Samantha, diseñadora: Estudié diseño de moda, pero no me gradué. Como tantos colombianos me tocó decidir entre seguir estudiando o trabajar. Yo escogí trabajar, pero en función de mi propia marca de ropa y aquí está el resultado. Esta fuerza viene de mi familia donde las mujeres somos las que siempre hemos mandado la parada. Somos mujeres tremendas, nos apoyamos y damos ejemplo. Si una mujer escucha su corazón no importa las condiciones en las que esté puede lograr lo que sea.
A mi hija la educo así, con el ejemplo. Hace poco ella estaba en la ducha bañándose y empezó a hacer sonidos con la boca y me dijo: ‘estoy haciendo beat box, mami, porque cuando sea grande quiero ser rapera’ ¡Yo también soy una de las primeras raperas de este país y que mi hija me diga eso es maravilloso!
Nathy Rodríguez, bailarina y creadora de la academia de baile Deep Glame: Yo bailo unos tipos de danza muy fuertes que se llaman Krump y Poppin que suelen bailar más los hombres. Siempre que iba a un evento era la única mujer, entonces empecé a enseñarles a las chicas que podemos ser fuertes e imponentes sin perder nuestra feminidad. Yo soy de Soacha, allá la gente no tiene mucha esperanza de crecer y menos con el arte, pero a través de mi experiencia también les he mostrado que si confían en su talento y en su cuerpo pueden vivir del baile como yo lo he logrado.
Entre mis alumnas hay una chica que tiene un complejo con su cuerpo porque tiene sobrepeso. Entró a la academia y al principio no tenía mucha fe, solo bailaba porque quería bajar de peso. Ella empezó a subir el nivel y hoy es una bailarina increíble, es de las mejores de nuestro equipo. Su historia es una inspiración porque ella pasó de no tener confianza a bailar y romperla más que nosotros.
Delfina Dib, rapera argentina: La mejor manera de inspirar a otros es siendo uno mismo. Uno no compite con los demás y creo que esa es una manera muy sana de demostrar que se puede: haciendo, trayendo los sueños al mundo material. La manera en la que yo puedo influenciar a los demás es con mi música y con mi historia de vida, ser una argentina que vive en otro país impulsada por la pasión. No tengo límites ni fronteras, cuando quiero algo lo hago.
En el día a día tengo la percepción de que somos menos chicas cantantes de rap, pero no quiere decir que seamos menos en realidad, sino que debe haber una mayor visibilidad. El talento está, pero no se le da el lugar que realmente se merece. Tengo la sensación de que los hombres tienden como a avanzar en manada y a las mujeres nos cuesta más pero cuando una mujer tiene fuerza es insuperable. Me pasa mucho que las chicas me contactan por Instagram y me dicen que gracias a mi música han superado una etapa difícil, o que estaban viendo todo negro, escucharon mi disco y de repente vieron una luz. Poder impactar en la vida de otros con tu música es re importante.
María Paula Rodríguez Anzola, futbolista y estudiante de Comunicación Social y Periodismo: Nosotras a veces nos sentimos aisladas del movimiento feminista por jugar fútbol. La gente cree que somos las machorras, nos tratan como si fuéramos hombres. Yo uso pestañas postizas todo el tiempo porque me permite estar linda en cualquier parte y eso a una de mis entrenadoras le parecía raro.
En nuestro equipo nos pintamos los labios de rojo como hizo Marta, la jugadora de la selección femenina de Brasil en el mundial, porque somos mujeres, queremos vernos lindas en la calle, en los entrenamientos y en la cancha. Eso no nos hace menos competitivas. Yo creo que la mejor forma de hacer parte del movimiento es hacer pasarelas de moda en las que también estemos las futbolistas.
Luego de conversar estas mujeres terminaron tomándose fotos posando desafiantes y fuertes frente a la cámara. Tras escena las que se estaban arreglando y las que ya habían posado intercambiaban números de teléfono y empezaban a seguirse en Instagram. Ya estaban planeando proyectos conjuntos, esa no iba a ser la última vez que se encontrarían.
Abrir los ojos todos los días en Colombia, no es fácil. A la indignación, que ha venido convocando a millones de colombianos a las calles desde el 21N, se le suma la frustración de que cumplido casi un mes de paro nacional no se ha avanzado en nada. El pliego de 13 peticiones presentado por el comité del paro, que aborda 104 puntos de la agenda nacional, ha recibido como respuesta del vocero del Gobierno, Diego Molano, que simplemente hay cosas que no son negociables. Cada pronunciamiento del Gobierno es peor que el anterior. Desde decir que el asesinato de Dilan Cruz, el joven estudiante al cual un agente del ESMAD le disparó un proyectil en la cabeza, fue un “accidente”; pasando por la decisión absurda de intentar calmar los ánimos de los manifestantes con el anuncio de tres días sin IVA, hasta proponer una mesa de negociación con empresarios, gremios y entes de control por encima de organizaciones sociales que representan a la población. Eso, claro, sin contar los testimonios que aparecen todos los días sobre abuso policial, represión y detenciones arbitrarias e ilegales a civiles y periodistas.
Después de esto, es normal que la desaprobación de la gestión del Presidente Duque esté en el 70% a la fecha.
Pero más allá de la desazón nacional que se vive día a día, hay unos logros, si acaso simbólicos, que se han alcanzado por parte de la música, que han perdurado durante el tiempo que lleva el Paro Nacional y que seguramente se seguirán manifestando y creciendo hasta que el Gobierno escuche, atienda y responda de manera en que se respete la dignidad del pueblo colombiano con cada una de sus exigencias.
Empecemos por lo básico. Una marcha sin música muere, no resiste, no se siente. Y cuando hablo de música no es una comparsa, ni una cantante. No, la música como eso que suena. Una melodía cuya lírica se ha modificado para convertirse en arenga; una canción sin instrumentos entonada por un millón de personas en la calle. Una cacerola que desplaza la percepción de miedo durante la noche y se expande en el ambiente como resistiéndose a callar. Una batucada de tambores que nos aterrizan los pies en la tierra y nos hace brotar un grito de inconformidad. Una guacharaca festiva en medio de una calle cerrada que nos transforma el odio en exigencia urgente. Un pregón afro que nos invita a no rendirnos, carajo.
Cacerolo. Sebastián Ortiz Suárez.
Ese ruido, alborotado, desafinado y generalmente a destiempo, es el sonido de nuestra resistencia y esa banda sonora del aguante ha sido el primer logro de la música, acompañar y hacerse presente en las gargantas, en los palos de madera que chocan contra el metal de las cacerolas, en las manos que se ampollan después de reventar un tambor, en las muñecas que arrastran un trinche por una guacharaca, en las bocas que soplan pitos y así sucesivamente hasta hacerlo masivo.
“Convirtieron el Paro en un Carnaval”
Es miércoles. Son las ocho de la noche. En el parque de los hippies en Bogotá, el epicentro cultural y artístico en el nororiente de la capital. Hace unas horas 300 músicos dirigidos por el maestro ruso Guerassim Voronkov, ofrecieron un “Cacerolazo Sinfónico”, mientras tanto, en otro lugar del mismo parque, la música electrónica de un sound system ubicado en la parte trasera de una camioneta desataba un rave desenfrenado y en la carrera Séptima, bloqueando la avenida, un quinteto de músicos suena el “Kilele” tradicional del Pacífico con un improvisado arreglo de cacerolas. En otro lugar de la misma calle, se empieza a elevar un grito que poco a poco va contagiando a la gente. Un grito fundamental y necesario de escuchar cada tanto, cada que el ruido no deja distinguir lo que está pasando o intenta callarse completamente: “A parar para avanzar ¡Viva el paro Nacional!”.
Cacerola en concierto. Sebastián Ortiz Suárez.
Entre tanto, en pequeños grupos, se habla de la “carnavalización del paro”, algo que va congiendo fuerza y que básicamente critica ese cambio de actitud de la indignación a la fiesta. Como si no pudieran convivir juntos. “De repente esto se convirtió en salir del trabajo, coger una cacerola y echar pola y guaro. No, acá vinímos a exigirle al Gobierno que nos escuche, no de parranda”, me dice una de las personas que está ese miércoles, a esas ocho de la noche, en la calle, azotando a su cacerola como si fueran las injusticias del país, o los mismos que lo tienen en esta crisis.
Y uno lo piensa y sí, se carnavalizó el paro, pero no es algo necesariamente malo, quizás mal ejecutado, como el concierto masivo del 8D. Y no se trata de criticar la iniciativa que dejó imágenes tan emotivas, pero sí pensar que esa movilización motivada desde la música, realizada un domingo, no tiene mayor sentido, como tampoco lo tiene salir a azotar una cacerola después del trabajo, porque en ambos casos no se está presionando ni se está incomodando a nadie, como para motivar una urgencia en los acuerdos que puedan salir de esto. “¿Qué tal si en vez de hacerlo un domingo en la tarde o un miércoles en la noche se hace un lunes en la mañana? ¿Qué tal si en vez de hacerlo en una plaza o cerrando una cuadra, se hace, de manera igualmente pacífica en los portales de transportes para detener el flujo de la ciudad? ¿Qué tal si en vez de hacerlo después del trabajo se hace antes, para detener la economía? ¿Qué tal si esta carnavalización del paro, bien ejecutada, motiva que seamos escuchados más rápido?”, son preguntas que se hace la gente en la calle, en redes, en grupos de Whatsapp.
Batucada. Sebastián Ortiz Suárez.
En todo caso hay un logro en todo esto y es que la música nos está dando un sentimiento de festividad en medio de unas agonías tan grandes por la realidad del país. Nos ha puesto a hablar entre nosotros, a no ser indiferentes, a buscar maneras de hacer las cosas. Nos ha devuelto a las calles cuando el mensaje desde el Gobierno parece ser reprimirnos y tenernos encerrados y con miedo en las casas. La carnavalización del paro, al final, nos ha dado la posibilidad de reclamar las calles de nuevo como nuestras y compartirlas con gente como nosotros, conocidos y desconocidos que están buscando un cambio.
“Una lucha que suena es una lucha que no se nos sale de la cabeza”
Históricamente la repetición nos ha servido como un ejercicio de memoria. A veces sale bien y terminamos aprendiéndonos la tabla del siete, a veces sale mal y terminamos cantando completas canciones que odiamos. Esta vez, las luchas sonando una y otra vez en las calles y en las voces de miles de personas, han hecho que no se nos olvide nada de lo que estamos viviendo. No sabemos en qué vaya a terminar esto, pero siempre vamos a recordar, con melodía y todo, que “Dilan no murió, a Dilan lo mataron” y que su muerte desató una conversación que es más bien una exigencia para el desmonte del ESMAD y para que no queden en la impunidad las más de 34 muertes y cientos de personas heridas que ha dejado esta institución en el país.
Dilan. Sebastián Ortiz Suárez
Y así mismo con los performance de “Un violador en tu camino”, el canto con el que la lucha feminista de Chile creado por el colectivo Las Tésis e inspirado por los trabajos de la antropóloga argentina Rita Segato, ha logrado llevar por todo el mundo las voces de cientos de miles de mujeres que han tenido que vivir el acoso, la violencia y la violación frente a un Estado opresor, ciego y falto de leyes, frente a una sociedad que ha venido normalizando el silencio de las víctimas. “El violador eres tú”, repetido y clavado como una puntilla infinita en el cráneo de todo el mundo, es también una herramienta para que no se olvide el sufrimiento acallado y por fin liberado, pero que ojalá también genere cambios en la sociedad y las legislaciones que lo mantienen impune.
Igual con las arengas de los estudiantes que quieren cambiar la sociedad y con los indiferentes que se olvidan que “su hijo es estudiante y usted es trabajador”. Igual con las que rechazan la privatización de la empresa pública y exigen un sistema de salud decente. Desde afuera parece que un coro multitudinario es solo algo que así como empieza de la nada, así mismo termina, de manera efímera y sin provocar un cambio. Pero desde adentro, cuando nos hacemos conscientes tras la repetición, sabemos que lo vamos a tener clavado por siempre y que lo vamos a hacer las veces que sea necesario, porque ya lo hicimos nuestro, ya nos duele o ya empatizamos con quienes les duele y podemos lograr que esas luchas sean nuestras también.
“El paro afuera del paro, hasta que se hizo parte de nuestra vida”
Son casi las seis de la tarde del 24 de noviembre, el primer domingo desde que empezó el paro nacional. Afuera, en una especie de plazoleta en la calle 85 con carrera 15 al norte de Bogotá, una multitud de jóvenes canta casi entre susurros las canciones de bandas como Biselad, Los Viles, Los Fumadores, Aguas Ardientes o Stallone, que con un humilde sistema de amplificadores y micrófonos trata de lograr que sus temas lleguen a la mayor cantidad de gente posible. Y aún cuando no se escucha lo suficientemente duro, la escena es hermosa. Gente sentada en el piso de un rectángulo de ladrillo contemplando a la nueva generación del indie y el rock colombiano, intentando sonar casi que en versión acústica sus temas originales, recibiendo el sonido de la cacerola percutida en vez de aplausos y todos, sin excepción, dedicando su concierto a este momento urgente de enviar mensajes sobre lo que nos aqueja y con lo que no estamos de acuerdo, a todos los que están en contra de las decisiones del Gobierno, a todos los que se cansaron y salieron a hacerse sentir.
Toquerolazo de Queda. Sebastián Ortiz Suárez
A unos metros de ahí, un almacén de cadena que en el imaginario social está diseñado para gente de un estatus superior, se encuentra lleno. Algunas caras residentes del sector miran con incomodidad la manifestación, otros critican las motivaciones de la gente durante el paro, y para otros simplemente les es indiferente lo que está pasando. Y sin embargo, alguien, en medio de las filas de las cajas, lanza el grito: “A parar para avanzar ¡Viva el paro Nacional!”, una y otra vez y así hasta que se fuera trasladando de las calles a las fiestas, los supermercados, los medios de transporte, lugares cerrados que no se habían permeado antes.
Días después, en una fiesta de electrónica en Barranquilla, sucedió lo mismo. Luego en una de Cali, luego en un bar de Bogotá mientras sonaba reggaetón y ese mismo día a la salida de un bar de metal, a las cuatro de la mañana. mientras un grupo de amigos caminaba a coger un taxi que los llevara a la casa. Igual pasó dos semanas después en una casa/bodega luego de un concierto de rap cuando El kalvo y Mismo Perro no esperaron a que cesara el ruido de su última canción para soltar el grito visceral que nos une y nos acompaña ahora. Una y otra vez alguien gritaba: “A parar para avanzar” y todos terminábamos respondiendo al unísono “¡Viva el paro nacional!”. A parar para avanzar ¡Viva el paro nacional! A parar para avanzar ¡Viva el paro nacional! A parar para avanzar ¡Viva el paro nacional!
Pero no solo nos llevamos a las fiestas el paro que inició en las calles. La presión en redes logró que uno de los artistas más masivos en Colombia dejara la indiferencia a un lado y alzara su voz para exigirle al Gobierno que escuchara al pueblo volcado en las calles. Más allá de la presencia masiva de artistas en el bautizado “Un canto por Colombia” que se realizó el pasado 8 de diciembre en Bogotá y Cali y que tendrá una versión el 22 de diciembre en Medellín, ha logrado que la música sea una excusa para que en las tarimas las voces de esos artistas que respaldan la movilización pacífica, sirvan de eco a las causas sociales que gracias a ellos pueden llegar a tener un impacto (al menos mediático) más contundente. Mateo Kingman, un artista ecuatoriano que visitó Bogotá hace unas semanas, me cuenta que también cuando se presentaron las movilizaciones en Ecuador durante octubre, la gente le exigió pronunciarse. “Yo me tardé unos días analizando la situación y entendiéndola para salir a decir algo coherente y me di cuenta que la gente ya no le cree a los medios, ni a los políticos y por eso buscan en los músicos o influencers una voz de aliento o un respaldo”, me cuenta.
Por otro lado el Aniversario del Sello In-Correcto que se convirtió en un festival de dos semanas, prefierió no suspenderse o reprogramarse, sino que decidió que aquellos que llevaran cacerola a su evento, tendrían 50% de descuento en la boletería, no solo dándole continuidad al evento, sino dotándolo de un espíritu que tuviera el simbolismo de la realidad nacional. Otro grupo de gente organizó un evento con bandas de punk cuyo cover fueran donaciones para la Guardia Indígena.
Y entonces la música y el paro han transgredido los espacios, se han vuelto uno con nosotros. Cualquier lugar donde uno grite: “A parar para avanzar”, sabe que un coro se va a levantar para contestar “¡Viva el paro nacional!”, porque esa unión posible entre desconocidos, es algo que nos ha dejado el paro hasta ahora y ser conscientes de ello es entender que nuestra cotidianidad no será la misma porque la motivación de fondo siempre va a tener algo que ver con el paro.
“Del dolor y la frustración a la creatividad pura”
Hace algunas semanas hablando con Willy Rodríguez, vocalista de Cultura Profética, sobre el impacto de la música en las movilizaciones de Puerto Rico en julio de este año, me decía que “las canciones más sentidas y más elaboradas han nacido del dolor”. El ejemplo más claro de esto ha sido el blues y el soul en Estados Unidos, pero también lo han sido las canciones que han nacido en tiempos de dictaduras. Un caso es el rock argentino con temas como “Los Dinosaurios” de Charly García, o la música protesta en Chile con Víctor Jara y el que recientemente se convirtió en himno generacional “El baile de los que sobran” de Los Prisioneros, cuya semilla fue la situación social, la inconformidad, el desasosiego y ante eso, la catarsis fue la música.
Desde hace años la realidad colombiana no ha sido la excepción, pero sobre todo en el contexto de movilización actual, la respuesta ante esos sentimientos contenidos ha sido convertir en música esa rabia, esa incertidumbre, esa pena, ese dolor. Y que el motor de estas creaciones sea la injusticia, también abona un terreno para la memoria, para que en 20 años sepamos de dónde venimos, qué ha cambiado y qué nos queda por lograr.
Estas son algunas de las canciones que han nacido con este paro nacional, exploraciones electrónicas sampleando las cacerolas de las calles, rap de todas las cadencias y estilos, uniones entre varios productores de electrónica, uniones entre varios músicos alternativos, combinaciones disímiles de gentes en esquinas creativas diferentes, versiones del absurdo por mentes geniales, versiones sarcásticas de mentes adelantadas en el tiempo, canciones inéditas estrenadas durante el 8D, en fin relatos que guardan este afán de cambio, esta necesidad de hacer algo al respecto, porque en Colombia la música ha logrado lo que el Gobierno no ha podido: unirnos.
Varios Artistas - “De esto te hablamos viejo”
El Paro Suena (Varios Artistas) - “Todo el poder para la gente”
Varios Artistas - Música Urgente
Ali A.K.A Mind - “Emancipación”
Edson Velandia y Adriana Lizcano - “Ivan y sus Bang Bang”
¿Será esa falsa cama-silla, los guantes de goma o sus ruidosos instrumentos perforadores? Ir al dentista es toda una experiencia, y aunque sea una de las visitas que más nos cuesta agendar también sabemos que el dolor y la sensibilidad de dientes son unas de las peores molestias a las que nos podemos enfrentar.
Tenemos tantas dudas que no nos animamos a preguntar mientras estamos con un tubo succionador de baba en la boca, que llamamos a un dentista para que nos sacara de estas eternas intrigas, mitos y rumores que no habíamos podido corroborar hasta hoy.
Hablamos con Luis Arancibia, quien ha fusionado el interés por los dientes con el hardcore melódico. El guitarrista no sólo le ha abierto shows a Taking Back Sunday junto a su banda Fakie, sino que también tiene un diploma en Salud Familiar e Implantología, y, desde hace seis años, revisa bocas de niños y abuelos en situación de escasos recursos en el Centro de Salud de Renca (CESFAM).
VICE:¿Realmente sirve el hilo dental? Luis Arancibia: Sí, el hilo dental ayuda a eliminar los restos de alimento que se acumula entremedio de los dientes, que son lugares donde el cepillo dental no llega de forma correcta. Es importante utilizarlo antes del cepillado, porque si se usa después, puedes retirar el flúor que deja la pasta dental en la zona interproximal del diente.
¿Cuál es la peor comida para nuestros dientes? Sin duda azúcares, carbohidratos que contengan almidón -que se transforman en azúcar-. Estos “alimentan” a las bacterias que forman el ácido que produce las caries. Los alimentos pegajosos, como los caramelos masticables que se adhieren fuerte a las superficies dentales, dificultan mucho la higiene. Otras comidas o jugos cítricos pueden provocar erosión en las piezas si se consume frecuentemente, como el limón. Dentro de los líquidos, las peores son las bebidas azucaradas, por eso recomiendo tomar agua por sobre otra opción.
¿Hay algo que no debamos hacer por nada del mundo para mantener una buena higiene bucal? No hay que usar cosas metálicas para limpiarse entre los dientes, siempre utilizar solo hilo dental o cepillos interproximales. Nunca dejar de cepillarse los dientes, mínimo 2 veces al día. No dejar de asistir a los controles dentales, ya que mucha gente cree que tiene una buena higiene, deja de ir, empieza a sentir dolor, y cuando vuelve al dentista el daño ya es grave y requiere tratamientos costosos o la extracción de piezas dentales.
¿Cuál es la forma más rara que has escuchado de alguien que se rompe o pierde un diente? Abriendo una botella de cerveza con los incisivos centrales. También camioneros que por dolor de muelas se han puesto ácido de batería para “matar el nervio”.
¿Nos hace daño masticar chicle? Todo en exceso hace mal. Si terminaste de comer y no tienes cepillo dental a mano, puedes masticar un chicle sin azúcar por unos cinco minutos, para generar algo de “limpieza” y aumentar el flujo salival. Hay algunos que contienen xilitol, que ayudan a inhibir el desarrollo de bacteria que produce caries, pero tampoco hay que abusar, porque al masticar chicle estás engañando a tu cerebro, que se pone a generar ácidos gástricos que pueden traer problemas a futuro. Masticar chicle también puede generar daños a nivel articular, sobre todo si tienes bruxismo.
¿Qué tantas enfermedades nos podemos pegar besando? Generalmente virus como la mononucleosis y el herpes. Antiguamente se creía que las caries se pegaban por transmisión de saliva pero actualmente se sabe que son muchos los factores que influyen. De todas formas, en niños es ideal que la transmisión de bacterias sea lo más tardío posible, así que se recomienda no dar besos, no soplar la comida, etcétera.
¿Cuándo tenemos que preocuparnos por la sensibilidad, en qué punto tendríamos que decir ‘esto ya no es normal’? Los dientes responden ante estímulos como el frío y el calor. Es normal sentir alguna molestia con alimentos o líquidos que sean muy fríos pero no debería durar más de 3 segundos, que es una respuesta normal del diente. Si el dolor ya es agudo y se mantiene por más tiempo, no es una reacción normal. También hay que preocuparse si tenemos dolor espontáneo, sin haber comido o tomado nada.
¿Hay que usar enjuague bucal? Es relativo. Muchas personas lo usan para sentir un aliento fresco, pero ojo, que hay algunos que tienen alcohol y pueden irritar la encía. Si tienes una buena técnica de cepillado y utilizas correctamente el hilo dental, debería ser suficiente para mantener tu boca sana. Y si vas a usar enjuague bucal, elige el sin alcohol y con flúor.
¿Qué es lo más duro que puedo morder sin romperme los dientes? Es muy relativo, hay pacientes que se pueden quebrar un diente comiendo pan tostado, otros al morder hielo, algunos muerden huesos y no les pasa nada. Muchas veces los pacientes llegan a atención con el diente quebrado y dicen que pasó de la nada. Esas son caries del tipo que no logramos percibir.
No es normal que se quiebren tus dientes, eso significa que están debilitados. Los dientes son uno de los tejidos más duros del cuerpo pero están hechos para masticar comida. No recomiendo que intentes morder cosas duras ni abrir botellas.
¿Qué precauciones nos recomendarías tomar en festivales y conciertos? Para conciertos cortos, lo ideal es comer antes para no caer en la comida chatarra o dulces, que es lo que encontramos a mano en estos eventos. Hidratarse con agua, para evitar las bebidas azucaradas. Para festivales de mayor duración, llevar alimentos saludables si es que no hay problema para ingresar. Ideal asistir con zapatillas cómodas que puedas abrochar de forma segura, porque muchos de los traumatismos dentales ocurren por cordones mal atados y caídas, sobre todo en estado de alcohol y/o drogas. Además, cuidado con los golpes al entrar al mosh pit, otro centro de traumatismos.
Cuando yo era chica no entendía por qué los adultos le tenían más miedo a la Caperucita que al lobo. Al crecer entendí que no hablaban de cuentos de hadas, sino de historias de terror cotidianas, y que llamaban así a las camionetas Chevrolet rojas utilizadas por la Policía durante la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989) para trasladar a los presos políticos a las sedes de detenciones y torturas. El gobierno de los Estados Unidos donó las nueve Chevrolet Blazer Custom 10 conocidas como Caperucitas; una de ellas, la P-1, se encuentra actualmente en el Museo de la Memoria de Asunción. En el asiento trasero de ese vehículo estuvo sentado mi padre en agosto de 1976 con los cañones de dos metralletas hundidos entre las costillas. Su delito: dibujar una caricatura.
Cuarenta y tres años después vuelve a subir a una Caperucita, lo hace mientras me cuenta su historia. Se sienta en el medio y me señala en dónde estuvieron sentados los policías y en dónde su colega y amigo Ernesto García. Los objetos y lugares del pasado actúan como disparadores de memoria y recuperan detalles que, aunque nunca fueron olvidados, permanecían en la oscuridad.
Sentado ahí, entre fantasmas del pasado, recuerda el miedo que sintió. Las estrategias de represión estaban plagadas de elementos que constituían torturas psicológicas, como la polca que sonaba a todo volumen dos horas antes de que empezaran las torturas físicas. Así también, recibir la visita de esa camioneta roja anticipaba el peligro. Una vez adentro, uno solo podía esperar lo peor. Era la primera fase, era la preparación para doblegar el espíritu.
Porfirio Bustos, el padre de Mónica, en la Caperucita del Museo de la Memoria de Asunción. Foto por: Iván González.
La Comisión de Verdad y Justicia del Paraguay registró 19.862 detenidos durante el régimen de Stroessner. Al menos 18.772 personas fueron sometidas a distintos métodos de tortura; los más frecuentes fueron las golpizas sin instrumentos, el paso de energía eléctrica por el cuerpo e inmersión de la cabeza en agua. También fueron identificadas 423 personas víctimas de desapariciones forzadas o ejecuciones.
Muchos periodistas fueron detenidos por ejercer su profesión. No se conocen cifras exactas, pero solo el diario ABC Color documentó 32 arrestos de su equipo. Stroessner clausuró el diario ABC, los semanarios El Pueblo y El Radical, y Radio Ñandutí para silenciar las críticas. Durante su mandato se dispuso el cierre temporal de los diarios Última Hora y La Tribuna.
Los profesionales del humor gráfico que trabajaban en medios de prensa tampoco pudieron escapar de las persecuciones, mucho menos de la censura. Era absolutamente peligroso tocar con humor a los jerarcas de la dictadura. Nadie se animaba a incorporar a los intocables en sus viñetas. Botti, el más conocido entre los humoristas gráficos de Paraguay, se movía con prudencia, rozando los límites. Walter Direnna, quien llegó a dibujar a Stroessner, no firmaba sus obras y muy pocas personas sabían que él era el autor.
Decía Roa Bastos que los poetas, artistas plásticos y músicos encontraban mayores posibilidades de mimetismo gracias a su lenguaje con formas simbólicas, por lo que estaban menos expuestos a la inteligibilidad de los censores. Pero mi padre no fue cauteloso, él dibujó al Jefe de Policía, el General Brítez Borges, con cuerpo de gallito en televisión nacional.
El primer canal en Paraguay, el Canal 9, empezó a transmitir en 1965 y fue el único hasta 1981. Entre 1970 y 1980 estuvo al aire Dibujando con Porfirio, programa conducido por mi padre, el artista plástico Porfirio Bustos. Lo acompañaba el periodista Ernesto García. Eran muy famosos en esa época, aunque él trata de minimizarlo diciendo que solamente porque era el único canal y la gente no tenía otra cosa que ver. Lo cierto es que su presencia en espacios públicos desataba una histeria y conmoción similares a la Beatlemanía. Un día en que él y mi abuela huían de cazadores de autógrafos ella soltó un comentario tan controvertido como aquel que lanzó Lennon sobre que los Beatles eran más populares que Jesús: “Sos más famoso que Stroessner”, le dijo a mi padre sorprendida. La frase pudo haberse vuelto icónica como la del Beatle si alguien más la hubiera escuchado.
También fue mi abuela la que le recordó que era el Día del Agente de Policía y sugirió dibujar algo relacionado a ello. Él tomó en cuenta su idea y cuando comentó en el set lo que pensaba hacer todos se quedaron mudos.
¿Cómo era la caricatura?, le pregunto. Quiero saber qué tan inocente u ofensiva se veía. Él traza rápidamente una cabecita con pelo corto, como cepillo, ceño fruncido, labios torcidos como si estuviera refunfuñando y un cuerpo redondo, emplumado. Aquí están las alitas, me dice mientras las esboza. Es simple, es solo un trazo a mano alzada, pero es divertida. Me echo a reír. Más que el dibujo en sí, lo gracioso es la osadía de reírse de lo que debería causar miedo. En realidad, toda la situación de los dos hombres detenidos a punta de arma y la caricatura como cuerpo del delito es tragicómica.
Si analizamos la caricatura, la representación gráfica del Jefe de Policía con cuerpo de gallito podría interpretarse como la ridiculización de la prepotencia, pero caben otras posibilidades: ese cuerpo también parecía de gallina. La versión de mi padre es que el emblema de la policía paraguaya tiene un gallo y que él estaba realizando un homenaje. La caricatura, casi tierna, no pretendía ser ofensiva, pero su creación fue vista como un acto subversivo. Para las autoridades permitir la sátira era una forma de perder el control. Controlaban desde cómo debían ser relatados los partidos hasta lo que debían decir los titulares de las noticias impresas. Un paso en falso y uno terminaba en un calabozo por tiempo indefinido.
Al comparar los informes de las Comisiones de la Verdad de distintos países de Sudamérica podemos ver que las técnicas represivas durante las dictaduras eran similares. Por ejemplo, podemos encontrar testimonios en Chile que hablan de encarcelamientos breves con fines de amedrentamiento; en muchos de estos casos, los presos eran puestos en libertad sin que se reconociera oficialmente su detención, de esta manera no se animaban a denunciar por temor a no poder comprobarlo y no ser creídos. Para preservar la identidad de las víctimas, los nombres y las ocupaciones fueron omitidos. La mayoría de estas detenciones empezaban igual, con la visita de policías vestidos de civil. El que fue por mi padre al día siguiente de haber caricaturizado al Jefe de Policía parecía un hombre de campo desorientado; apareció en la puerta del canal y pidió hablar con él. En guaraní, le dijo que él y Ernesto García debían acompañarlo; también el dibujo. Cuando mi padre levantó la vista vio la Caperucita.
El uso del humor gráfico como propaganda resulta eficaz para llegar a un público amplio por su capacidad de síntesis. Fue un recurso muy utilizado durante la II Guerra Mundial. En Paraguay, la prensa también recurrió al humor gráfico satírico durante la Guerra de la Triple Alianza para levantar la moral de los soldados paraguayos. Al mismo tiempo, los brasileños también libraban su batalla en papel a través de caricaturas del Mariscal López. Históricamente el humor gráfico ha cumplido un papel importante en la difusión de mensajes con fines políticos, y aunque mi padre dice que esa no era su intención, igual logró alborotar el gallinero. Después de todo, el miedo es la mejor arma de la dictadura y la mejor arma contra el miedo es la risa.
Se lo llevaron al Cuartel Central y lo metieron a un calabozo oscuro en el que no había espacio para acostarse, apenas podía ponerse de cuclillas. Lo mantuvieron incomunicado. No sabía por cuánto tiempo lo detendrían, había presos que llevaban más de una década encerrados. No se permitía visita de familiares, ellos se enteraron de la detención por parte de un camarógrafo. Patadas, trompadas y golpes con manos abiertas en ambos oídos (método conocido como El teléfono). También lo pelaron. Esto último era un servicio incluido para los terroristas melenudos como mi padre. Durante la dictadura había que pedir permiso hasta para usar bigote. Los hombres de pelo largo eran perseguidos en las calles. Hay fotos en las que se lo puede ver con peluca en los setenta. Doce días después de haber sido detenido, le pelaron la cabeza arrancándole pedazos del cuero cabelludo; parte del castigo era la humillación. Lo arrojaron a la calle a patadas, con la cabeza ensangrentada. Él juró que nunca les daría el gusto de verlo calvo. Mi tía, peluquera, le confeccionó una peluca de pelo largo, negro y brillante.
Así lucía Porfirio Bustos (en el medio) con la peluca que le hizo su tía después de que lo pelaran en el cuartel de la Policía. Foto de archivo de la autora.
Cuarenta y tres años después mi padre regresa al Cuartel Central de Policía, con el pelo largo. Señala en dónde estaban los calabozos: en ese lugar ahora hay una sala de fotocopias. Tres Xerox, un ropero viejo, un aire acondicionado y dos escritorios están sobre el mismo piso que él recuerda. En ese cuartel se aplicaban los primeros métodos de tortura, como las golpizas reiteradas. Después se vendrían otros métodos más severos que se realizaban en otras sedes, como La Técnica, sitio convertido hoy en museo, gracias al trabajo del Dr. Martín Almada.
Actualmente, los poderosos tienen otras formas de amedrentamiento, como agresiones en redes sociales, fake news, campañas de desprestigio apoyadas en el anonimato y algoritmos. Sobre todo, cuando las publicaciones incluyen investigaciones a grupos influyentes. Es lo que me cuenta Alejandro Valdez, director de El Surtidor, medio independiente de periodismo gráfico, que combina el humor con la información.
He escuchado la historia de mi padre muchas veces, pero no tantas como cualquiera supondría. Él siempre fue respetuoso con el sufrimiento de los familiares de las personas torturadas, asesinadas y desaparecidas durante aquel periodo. Nunca quiso considerarse una víctima de la dictadura porque aquel concepto encierra el dolor irreparable de personas que nunca pudieron recomponer sus vidas; sostiene que lo que vivió no fue nada en comparación con las historias de ellos.
Porfirio Bustos no volvió a hacer caricaturas de personajes políticos, se alejó del humor gráfico. Le quedaron secuelas psicológicas y físicas, sufrió ataques de pánico durante muchos años al ver policías. Los golpes en los oídos le produjeron lesiones timpánicas.
Un paciente se enchota cuando sucede algo que no estaba planeado, alguien frontaliza cuando reacciona de una forma irracional a alguna situación. Las personas se clavan de punta cuando el diagnóstico es inesperadamente malo, y están en decúbito playero cuando ocupan una cama como si estuvieran en la playa. Ningún paciente que requiera tacto rectal estará exento de chistes sobre su bolo fecal y seguramente será objeto de burlas por lo bajo el que haya intentado suicidarse y no lo haya logrado. Y si alguien muere, se dirá que obitó. Morir es demasiado humano.
Los médicos recurren a términos irónicos y metáforas políticamente incorrectas para esquivar la seriedad que implica su trabajo cotidiano. Sobre todo, les es útil hacerlo cuando fracasan en un procedimiento o un paciente muere inesperadamente. Es una jerga que se escucha en los pasillos de los hospitales y aparece una y otra vez en los grupos de Whatsapp de los profesionales de la salud.
Ilustración basada en diálogo de médicos de Buenos Aires vía Whatsapp.
Hay un loophole en el trámite de la muerte que hace que a veces sea más sencillo decir cualquier cosa que llamar a las tragedias por su nombre, y ese loophole tiene una explicación histórica: ya no se muere en la casa con la familia y los amigos, como se estilaba antes del boom de la bacteriología y la medicina moderna. En la época de la “muerte domesticada” —hace no mucho más de 150 años—, la mayoría de las personas nacía en sus casas, y una persona adolescente llegaba a su madurez con un par de agonías vistas en el espacio doméstico: abuelos, tíos, vecinos, como mínimo. La gente se preparaba para recibir la muerte en un acto colectivo: dejar de vivir parecía algo natural y como algo natural se atravesaba. Ni hablar de épocas de epidemias, cuando la muerte circulaba en las calles. Pero hoy, en el interminable auge tecnológico del siglo XXI, pocos hemos atendido estas escenas. La muerte ya no vive con nosotros, ya no somos público de su llegada.
“[En los hospitales] la muerte queda sepultada por los pitidos de los monitores, los cables, los filtros médicos, el hicimos todo lo que pudimos... toda una sucesión de anestesias que no van haciendo más tolerable el duelo, sino que lo despersonalizan, lo ensordecen, y nos dejan frente al mismo fenómeno: la muerte es la muerte, pero te la dejan inasible, no la podés tocar ni olfatear ni paladear; aunque sea angustioso o desagradable”, dice Homero Barreta.
Barreta es médico residente de emergentología en un sanatorio privado del centro de Buenos Aires. En emergento atienden a pacientes que llegan con cuadros graves: paros, hemorragias, accidentes cerebrovasculares, convulsiones, arritmias, asmas severos. Varias veces al día interviene a pacientes y les coloca vías por las venas para detener procesos peligrosos para su salud.
Además de ser médico, Homero militó acompañando la lucha por el aborto en Argentina. A este varón heterosexual y de clase media el feminismo le enseñó que con algunas cosas “no se jode”, pero la residencia le devolvió la incorrección política. No le quedó opción.
“Hay un montón de corrección política que sostenía ideológicamente y lograba en la práctica que en la muerte y la emergencia me permití. Hay algo que no sabés cómo tramitar y en la emergencia lo convertimos en risa. El tipo muriéndose, ahogándose, un lugar donde la vida y la muerte no dependen de un diagnóstico ni de una charla, sino que es una decisión de segundos: ahí la cosa se pone más cruda. Me reí de muertes, hice chistes con cadáveres. La risa prevalece al llanto. Hacemos chistes permanentemente. Los más feos y más incómodos y que más duelen”.
Es que muchas veces no hay palabras. Es más: la cultura bonaerense apenas tiene imágenes. En varios lugares de América Latina hay ritos y costumbres donde la muerte aparece y es aprehendida: el Día de los Muertos en México, ceremonias post-mortem en Ecuador, los homenajes en los carnavales andinos, la portación de amuletos en las culturas centroamericanas. En Buenos Aires, en cambio, apenas hay algunos santos populares —Gauchito Gil, San la Muerte, Difunta Correa, Gilda, Evita—, los cementerios están aislados, la muerte tiene rituales cada vez más alienados y el imaginario social tiene pocas representaciones que nos recuerden la mortalidad. Con una población que crece cada día, también queda eliminada la inmovilidad. Es una ciudad sin siesta, sin descanso, sin concepción de detenimiento. Sobre todo en Buenos Aires, la muerte no tiene imágenes ni palabras. El vacío discursivo que implica se lo atribuyó Freud a la falta de representación que tenemos de ella: no podemos tener una idea previa de qué o cómo es, pero sí podemos tener intentos de procesar esa falta de representación. La risa es uno.
Ana Larriel, psicoanalista paraguaya y residente en Buenos Aires, opina que las formas de la ciudad afectan la práctica médica de los hospitales locales. “La risa pareciera ser una de las respuestas frente a esa angustia aunque desde afuera se vea como una reacción descolocada. Porque ‘no se habla de’, y mucho menos con profesionales: entonces el lenguaje que nos permite hacer un intento de tramitación de un montón de vivencias con la palabra queda un tanto clausurado con el tema de la muerte. Pero la risa pareciera ser una vía que hace posible que algo de esa clausura se movilice y se pueda hablar de eso que no se podía hablar antes. Habilita que algo se diga”, explica.
Enchotamiento
Lucía Martínez y Gala Mendoza trabajan en uno de los hospitales más importantes del país. Tienen jornadas que, con frecuencia, superan las cuarenta horas: son tantos los residentes que desisten de trabajar ahí que entre pocos se reparten tareas para muchos. En su hospital hay muy poco tiempo para dormir, comer, fumar un cigarrillo o tener cualquier tipo de sentimiento.
Por ahí pasaron la Bobis, paciente de Gala que ‘no entendía nada’; el Talidomida, un joven con malformaciones y que recibió ese apodo por una droga que causó muchos problemas congénitos en embarazos en los cincuenta; Sachet de leche, una señora con doble desarticulación de cadera. Las veces que no se les ocurren apodos ingeniosos llaman a sus pacientes el Colon, la Vesícula o el DPC. Incluso, simplemente, según el número de la cama en la que están.
Pero en “el hospi” también hay apodos internos: a Lucía le dicen Parcalu porque, de acuerdo a sus compañeros, cada paciente al que se acerca se termina muriendo. Es residente de tercer año y con frecuencia sus compañeros le piden que vaya a pegarle una visita a algún paciente que les cae mal.
Ilustración basada en diálogo de médicos de Buenos Aires vía Whatsapp.
“Es increíble”, dice Gala. “Paciente que toca, paciente que muere. Es la Parcalu”.
El día en el que Gala entró al hospital se dio cuenta de que algunas compañeras, como Parcalu, lloraban a escondidas en las pausas de pocos minutos que se tomaban entre cosa y cosa. Por eso después de tanto tiempo se enorgullece de estar inmaculada: al día de la fecha, ni una gota en público. Pero recuerda que su primera muerte la incomodó. La paciente llegó luego de haberse tirado de un décimo piso, recuerda que “sus pulmones y costillas apenas se veían”. Fue entonces cuando, después de que le colocaran una traqueotomía de emergencia, presenció su primer paro cardíaco seguido de muerte.
“De la teoría a la práctica hay un abismo”, comenta.
Gala recuerda que ante su primera paciente muerta se bloqueó. No quedó mal, ni congelada; había que seguir trabajando. Se quedó bloqueada. Fue entonces cuando la Rusa, su Jefa de Residencia, la sacudió y le dio una consigna que hoy sigue como mantra:
“Gala, los pacientes se enchotan. Se enchotan y después se mueren. Y vos seguís”.
Ilustración basada en diálogo de médicos de Buenos Aires vía Whatsapp.
Cualquier boludo muere, yo también
Cuando no queda mucho por hacer, los pacientes entran en cuidados paliativos o terminales, y muchos médicos coinciden en que este es el estadío en el cual se pasa a reírse junto al paciente. Las veces que eso es posible.
El Hospice San Cristóbal es uno de los muchos en Argentina que se encarga de cuidados en la fase terminal. Con nueve camas para los ‘huéspedes’, funciona como un hogar donde trabajan enfermeras y hacen voluntariado casi 200 personas que se reparten para cubrir todos los turnos en la semana. Conversan, limpian, cocinan, ordenan y hacen compañía a los huéspedes que allí residen.
Catalina García decidió voluntariar en el San Cristóbal en su primer año como estudiante de Medicina. Su madre creyó que esto arruinaría su profesión por ser la muerte “la peor parte de ser médica”. Pero Catalina insistió y fue voluntaria por tres años. Allí conoció a Dani. Él tenía 27 años y una enfermedad neurodegenerativa en su último estadío.
Dani y Catalina se hicieron amigos rápidamente por tener la misma edad. La primera tarde que conversaron Catalina le hizo una promesa: la semana siguiente le llevaría una picadita, habitual bacanal de los jóvenes porteños al terminar la semana: un quesito, un salamín, una cerveza. Esa tarde —con el silencio cómplice de las enfermeras— ayudó a Dani a tomar con sorbete un vaso de cerveza. Al terminarlo, Dani insistió con un poco más.
“Se emborrachó de una forma fatal. Esa noche fue a verlo su médica, justo, de casualidad. Dani estaba tan borracho que se hizo el dormido: se había puesto un tremendo pedo con un salamín y una cerveza”, cuenta Catalina. “A pesar de que no podía tomar alcohol, el haberlo hecho y haber logrado reír tanto en ese contexto fue un tratamiento mucho más eficiente que la restricción a la que siempre estaba sometido”.
La risa en los casos terminales es siempre compartida con los pacientes: cuando alguien va a morir, si se habilita el lugar, el humor puede ser una forma de construir un vínculo. Catalina entendió que ahí tenía una forma de vincular con los ‘huéspedes’.
Su segundo paciente más cercano fue ‘Walter y su órgano’, el organista favorito del presidente Perón durante sus años jóvenes, quien fue a terminar su vida en el hospice.
“Walter tocaba el órgano en la televisión, era un show. Me vio chica y quería enseñarme todos sus aprendizajes de la vida, me hablaba de política, de amor. Nos llevábamos bien porque a mí me gusta el humor ácido. Pasábamos las tardes haciendo chistes. Durante esa época escribió un libro llamado Cualquier boludo escribe, yo también”, narra Catalina.
Mientras a los médicos el humor los ayuda a llevar su vida, en el caso de Walter su humor lo sobrevivió a él.
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“La risa, lo sabemos, es incompatible con la emoción”, escribió Henri Bergson en La risa. Aparece para no estrellar las camillas contra las paredes, para no tirar de los cables, sacudir familiares, arrancarse los delantales, revolear bisturíes, explotar frascos, incendiar medicación y destruir por dentro y fuera los lugares que están construidos para detener la muerte. Aparece para contener la furia, la ira y la angustia; pero también el cansancio y la frustración. Aunque sea políticamente incorrecto, las pacientes seguirán siendo la Bobis y Sachet de Leche o tendrán nombres de drogas antiguas y apodos según su aspecto. Así la coexistencia de la comedia y la tragedia seguirán garantizando que, a pesar de todo, los médicos despierten cada mañana con ganas de intentar salvar alguna que otra vida.
A menos que se le clave de punta el enchotado, claro.