Artículo publicado por VICE México en colaboración con Mórbido Film Fest.
Desde niño he conocido la Feria de Chapultepec. Ese parque de diversiones entrañable de la Ciudad de México que enmarcó una época en la que todos los niños podían irse de pinta para recorrer ese lugar que parece se ha detenido en el tiempo. Regresar, casi ocho años después, se sintió como un flashback a una época en que era más feliz. Sin embargo, como suele suceder con el paso del tiempo, me percaté de algo que hacía tan valiosos mis recuerdos y que de niño nunca había visto: las personas que componen La Feria.
Para la tercera vez que me subí al Cascabel, mareado, pensé que este lugar seguía conservando ese aire que siempre lo ha caracterizado. Ni las nuevas atracciones o complejos ajustes a la realidad de esta época, le han hecho perder el compromiso con el entretenimiento inocente que siempre le ha caracterizado. Con confianza puedo decir eso de todo el parque y de todas las atracciones, excepto una: La Casona del Terror.
Conocer a Adrián y ver personalmente cómo los actores se maquillan, calientan la voz y preparan sus brincos, brinda una nueva dimensión detrás de esta casa. A final de cuentas, transpirar es esfuerzo indómito por lograr una cosa que, sin duda, la Casona, logra: hacerte cagarte de miedo, al igual que cuando tenías 12 años.
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