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martes, 13 de noviembre de 2018

Fuimos a ver la única película porno del 2018 en Argentina

Artículo publicado por VICE Argentina

Una escalera empinada, unas luces tenues. Un umbral oscuro que tienta a la aventura. Son las 11 pm de un jueves de noviembre y una fila de 15 personas espera su momento para pasar. Hay parejas, hombres solos. Algunos hablan de swingers, otros de nada. “¿Nombre?”, pregunta un señor alto y calvo en la puerta del lugar. “Tal”. El señor alto y calvo chequea en la lista y da la bienvenida para pasar. Una vez dentro, dos proyectores titilan luces azules contra las paredes. Hay unas sillas petisas, una barra de tragos, gente sentada. César Jones, el protagonista de esta jornada, ya está allí pero, tal vez por timidez, tal vez por preservarse, se escabulle en la oscuridad. Hoy se estrena Adictas al juego sucio 1, el único largometraje porno argentino filmado y estrenado en 2018.

Entre el público, en su mayoría hombres cincuentones vestidos en camisa, el que aparece es Ale Markov, con su clásica mueca de seguridad. Markov es la última gran sorpresa masculina del XXX nacional. Llega de la mano de una mujer, que podría ser su novia. O no. Ale es de esas personas que puede traer el pito erguido desde su casa sin mosquearse, sonrojarse o titubear. Un marciano sinvergüenza con el pene fino, largo y duro.

VICE: ¿Estás en la película, Ale?

A: Eso dicen

De fondo, mientras el público espera la función, suenan “Galvanize” y “Do It Again” de The Chemical Brothers. Luego, “My Favourite Game” de The Cardigans. Algunos se animan a tirar unos pasos. Por ahí, Nahuel Moco y Ber Sektor, dos de los diseñadores de videojuegos más polémicos del momento. Su proyecto, Shitty Games, cada tanto sale en los diarios: sacaron fichines de la fuga de los Lanatta, de Chano de Tan Biónica, de aquel ladrón que robaba al turista con su Go Pro o del funcionario del PRO que se revolcaba por el piso al grito de “Prensa, prensa”. Acodados en una mesa, los Shitty Games esperan la acción. “¿Cuántas veces uno puede ver porno en masa sin sentirse del todo incómodo?”, apura Nahuel Moco, en una de las reflexiones más interesantes de la noche.


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Unas columnas desperdigadas por el salón meten dudas. ¿Dejarán ver la pantalla completa del proyector? por otro lado, más de uno se pregunta qué será este lugar durante la semana. Es un antro subterráneo de Viamonte al 1300, en el barrio de San Nicolás. Alguien recuerda el flyer de la película. Un culo redondo, perfecto y genérico se imprime el nombre del film. ¿De quién será ese culo? ¿tendrá dueño realmente o es apenas un ademán sexual y llamativo pero neutro, anodino y azaroso?

“La película se llama Adictas al juego sucio 1 porque supone la ilusión del continuo porno. No va a haber una segunda parte. Además, el título no hace sentido con el discurso de la película”. Quien habla es César Jones, cineasta platense que, a fuerza de películas y reflexiones, se ha convertido en algo más que un realizador porno. César es un autor. Y su historia lo sostiene. El “1” del título es un factor desconcertante del que César elige disfrutar. “Es como en 1000 Maneras de Morir, nadie vio ni sabe de qué se tratan todas las anteriores porque no existen”, apura. Y sigue: “Esta película podría ser de cualquiera y carece de toda ética”.

Dice el filósofo francés Gilles Deleuze a propósito de la despersonalización: “El nombre propio no designa un individuo: al contrario, un individuo sólo adquiere su verdadero nombre propio cuando se abre a las multiplicidades que lo atraviesan totalmente, tras el más severo proceso de despersonalización”. César Jones lo cita casi a la perfección. Quiere despersonalizarse. Que su obra, aquella tendida en las señas de sus ojos y su oficio, la que destaca radicalmente en historias como Zorra o Visiones de un erotómano, no sea suya ni de nadie. “Esta es una película para pajearse y nada más”, resume y simplifica.

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Luego, llega el turno de Yanina Márquez y Ale Markov. Hay una felación subacuática. “No aguantaron tanto”, desliza César Jones sonriente y malicioso. Los Shitty Games vieron suficiente porno con gente y deciden retirarse. “Suerte con tu crónica”, tiran en plan comedia. Con ganas de sacar charla, Lorena Mexy felicita al director: “Bien, eh, lindas chicas”. Una serie de bolas entran en un culo y el público devela alguna expresión de dolor.

La experiencia colectiva de ver porno con público va llegando a su punto más alto. A pesar del matiz hardcore de la pantalla, ya hay más tensión y comedia que humedad y músculos llenándose de sangre. “¡Ouuu!”, explota Jones bancando su próxima escena. “Me calientan mucho todas las verduras”, comparte intimidad Stefy Queen buscando a la cámara y a los espectadores. De su vagina entran y salen algunas hortalizas.

—“Víctor, ahora se viene un bukkake con 30 flacos” –advierte Jones a Maytland, en una conversación que, años atrás, parecía imposible debido a cierta distancia estética e ideológica entre ambos realizadores.

—“¡Excelente! La mejor parte del porno” –responde Maytland.

Acá, 30 hombres desnudos buscan alguna cavidad. Ella –feliz- busca complacerlos a todos. Se suma a la acción Yanina Márquez, actriz que también ha tenido participación en la película. “Llename la cara de leche”, pide Stefy Queen, la revelación de Adictas al juego sucio 1. Paulatinamente, con esa premisa, va llenando un bowl de semen y escupidas. La escena impresiona. No es apta para blanditos. ¿Cuántos de los presentes estarán realmente excitados y cuántos disimulando asco?

Ya son casi las 2 de la mañana. “Me voy que estoy muerto de sueño”, saluda Maytland amablemente a todos recibiendo el choluleo de algún fanático. Otra vez en la pantalla, una cuchara junta el semen que se yergue caliente en la boca de la actriz. Hay gárgaras. La postal termina con el aplauso de los 30 hombres desnudos. ¿Por qué? Allí, la actriz juega durante unos minutos con parte de aquello que, hasta hace un rato nomás, formaba parte intrínseca de su humanidad. Hay aplausos en la sala, en la escena más celebrada de toda la película.


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Llega otro threesome: Dulzura Rouge y dos hombres. Hay muchas lamidas de pies y de culos. De fondo, refiriéndose a sí misma, Lorena Mexy pregunta: “¿Quién es la reina del porno?”, a la vez que habla con un señor al que llama “mi maquillador”. Y, por más que Jones quiera despersonalizarse, sigue otorgando una mirada: esto es hardcore de autor. El sexo es intenso, atípico, con la dosis justa de bravura y sorpresa. Se suma la actriz Dorian Gracefull y ahora, la cosa, es un 2 contra 2. ¡Sorpresa! Se viene una lluvia dorada. “¡El bañito!”, desliza Dulzura corriendo un poco la cara para no tragarse todo el meo.

Llega el bonus track y el sprint final del largometraje: unas 10 escenas de espíritu amateur con una actriz colombiana. Se llama Allyson Rose y César Jones la dirigió a distancia, por indicaciones que fue dándole vía Internet. ¿Será esta la primera película dirigida remotamente? Hay —otra vez— frutillas entrando en culos, decoraciones con crema de todo tipo y flatulencias lácteas. Así las cosas, llega el final. Con poco más de la mitad de la concurrencia, siendo casi las 3 am, el público aplaude a César Jones. El platense saluda a todos. Adictas al juego sucio 1 tendrá destino de DVD, ya que el sello Buttman editará unas 1000 copias. Y, asimismo, en el transcurso de noviembre, encontrará cobijo en las plataformas digitales de AVN y Adult Empire.

VICE: Felicitaciones, César

Cesar: Pensé que te habías ido. Te quedaste estoico. Sos un valiente

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