Artículo publicado por VICE México.
El mujerón con barba llega como un vendaval a cualquier parte. Hoy estamos en Tenxkotl, una de sus cantinas favoritas en la Ciudad de México. Dos metros de altura sobre tacones del 10, un huipil istmeño de terciopelo negro, falda larga de satín morado, pelo largo negrísimo, el bigote perfectamente recortado y un violín en la mano hacen imposible no verla.
Se sienta en una mesa del rincón, cruza las piernas como toda una tehuana y con una voz grave y una nota dulce al final, pide una caguama. Agustín y Ponchito, los meseros de siempre, la saludan, le llevan el encargo, ponen tres vasos enfrente —para ella, para la fotógrafa y para mí— y los llenan hasta el borde.
— Pues a chupar, que a eso venimos. ¿O sólo íbamos a hablar de mí?, dice, mientras se acomoda en la cabeza un tocado con flores y mazorcas criollas.
Es física por el Instituto Politécnico Nacional. Es intérprete y compositora de música folclórica mexicana. Es mágica, dice. Es libre y se nota. Es maestro del DIF. Es amante del mezcal. Es una fiesta.
Nacer en medio de un bosque
Ella es Octavio, y al mismo tiempo no lo es. Desde siempre supo que le gustaban los hombres tanto como los instrumentos de cuerda, pero hasta hace siete años decidió delinear el personaje que deja ver en público ciertos días, y que tantos oyentes, historias y empoderamiento le han traído.
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